Más allá de tu nombre que son dos y más allá de mi lucha que apenas empieza y me ha dejado desarmada. Más allá del espejo hecho polvo y la mudanza que está por venir. Más allá de un millón de octubres. Más allá de las palabras que no me atrevo a pronunciar porque ni las entiendo ni me alcanzan. Más allá del elefante invisible que se me ha instalado a vivir dentro del pecho y se come todo mi aire. A ti y a mí no se nos hizo tarde; pero mucho menos temprano. He viajado en el tiempo mirándote la mirada. Tu cara mojada, mis ojos abiertos. Que el vino que tomamos ayer, a ti te dio sueño y a mí migraña. Desperté como niña que soñó pesadillas porque así fue. Me creces por dentro con perfecto descaro: como bola de nieve, como tormenta de arena, como lluvia de sal. Nunca se rompió un paradigma sin ensuciar el suelo. ¿Cuándo acordamos esto? No lo recuerdo. Recuerdo reconocerte, eso sí. Muy claramente. Tu norte y el mío son distintos: tú no sabes leer mapas y yo nunca he tenido una brújula. Pero cuando hablamos, dejamos que la verdad nos diga. Y cuando callamos, aún más. Me haces falta de la falta que hace lo que siempre se extrañó. Dudo de mí porque no de ti. Quiero sostenerte los huecos y que me creas cuando te digo que aquí estoy. Necesito que entiendas la paz, lo hermoso, lo gratuito, lo increíble de un porque sí. Lanzando granadas ante banderas blancas, nos vamos a matar. Deja de sembrar peros en la tierra que quiere darte flores. Haciendo el mayor de los verbos, rasgándonos los adjetivos y cerrándole a la historia el paréntesis más grande del mundo. Un abrazo que despierta con el sol. Hay que ser estúpido. Hay que volverse loco que los cuerdos nunca hicieron nada mágico. Y cuando los locos seamos más, los locos serán ellos. Felices. Suena la alarma porque es real, si fuera un juego nadie se asustaría. Se va la tarde y pienso en tus manos. Corre el viento y pienso en tu voz. Cierro los ojos y veo tu boca. No cabe duda porque en su lugar pusimos una ventana que se abre desde dentro y en el balcón un montón de macetas llenas de aves heridas y fértiles. No hay nada más caro que una consecuencia pero afortunadamente, no todo se paga con dinero. Tengo tiempo. No todo el del mundo, como las montañas, pero algo me comprará. Lo voy a poner ahí donde lo veas. Tratamos de poner un punto, acabaste poniendo el segundo y yo el tercero. Y así continuó el continuará que nos sigue siguiendo... Perdóname dos veces, la segunda por si se nos quedó algo en el camino. Ya lo dijo Julio y lo dijo bien. Lo del andar, la búsqueda y el encuentro. Yo no voy a repetir nada, ¿para qué? Si ya nos sabemos.
Pero nada
Habría que aprender a quedarnos sin temor de cansarnos. Habría que aprender a irnos sin temor de ausentarnos. Habría que aprender a estar aún cuando la puerta esté abierta de par en par. Habría que aprender a ser aunque no sepamos por qués. Habría que aprender a hablar de lo que sentimos sin arrebatarnos el amor al primer error. Habría que aprender a equivocarnos sin la sensación de caminar sobre un campo minado. Habría que aprender a callar sin sentir que el silencio nos pertenece. Habría que aprender a gritar sin adueñarnos de la voz. Habría que aprender a acompañarnos en las subidas, en las bajadas, en las entradas y en las salidas... de emergencia. Habría que aprender a vivir en paz sin estar esperando la próxima declaración de guerra. Habría que aprender a hacer fiestas en las trincheras. Habría que aprender a dolernos sin herirnos. Habría que aprender a bailar sin temor a resbalar. Habría que aprender a reírnos sin dejar de abrazarnos. Habría que aprender a creer en el futuro aunque siempre esté llegando y nunca acabe de estar completamente aquí.
Habría que aprender a amar como el mar: que no toma vacaciones, que va y viene, que cambia de color, de profundidad, de olor y de rostro. Que se nubla, que se estrella y que se sana, que refleja el cielo, se sostiene en la arena y no se va. Y no se va. Para quien amanece cada día junto a la playa, el mar deja de ser un milagro. Y qué pena.
- ¿Pero?
- Pero nada, carajo. ¡Pero NADA!
Estalactitas y estalagmitas
Sentí frío. Descolgué una chamarra, me la puse y la abroché hasta el cuello. Cubrí mis pies con un par de zapatos y bebí café tan caliente que me quemé la lengua. Cerré las ventanas, lavé mis manos con agua tibia y anudé alrededor de mi cuello una bufanda roja... roja como quería estar yo.
Sentí frío. No otra vez sino todavía. No cedía. Era frío, era por dentro y era mucho. Piel de gallina, dedos helados y mirada perdida. Frío por debajo de las pecas, entre las costillas y detrás del esternón. Frío el ombligo, fría la punta de la nariz, temblores, el pecho entumido y dificultad para respirar. Cosa rarísima. Día soleado. Yo diría que no menos de 20 grados afuera. No me siento enferma y no tengo alergias.
Ojalá pudiera uno ponerse de pie bajo el sol y fundirse los hielos. Ojalá pudiera uno amanecer soleado como el cielo. Ojalá las estalactitas y las estalagmitas fueran recuerdos añejos de una adolescencia sentada en un pupitre frente a un pizarrón estudiando ciencias naturales y no sensaciones actuales de lo que podría estarme sucediendo por dentro de las venas. Ojalá pudiera uno medirse la temperatura anímica con termómetros emocionales de exactitud matemática y ponerse paños calientes para entibiarse la sonrisa... aunque, ¿para qué? Por más que me queme la lengua con café ardiendo, hay escarcha que no se derrite.
Tendría que venir aquí
Tendría que venir aquí a decir que yo no estaba buscando nada. Tendría que venir aquí a explicar que todo me tomó por sorpresa y que sucedió sin planearlo. Tendría que venir aquí a exculparme explicando que mi vida estaba en orden y que las cosas salieron de control. Tendría que venir aquí a hablar de las sonrisas cuando nadie me vio. Tendría que venir a lavarme las manos y eximirme de toda responsabilidad. Tendría que venir aquí a demostrar que no sé cómo pasó. Tendría que venir aquí a declarar que el sol salió sin previo aviso y me encontró allá, en una cama muy lejos de la mía. Tendría que venir aquí a argumentar que nada fue fácil desde aquél día. Tendría que venir aquí a decir que no me arrepiento de nada y que de haber sabido lo vuelvo a hacer. Tendría que venir aquí a confesar la tremenda felicidad en la que vivo. Tendría que venir aquí a hablar de amor. Tendría que venir aquí a decir toda la verdad. Pero no lo haré. Hoy no.
Todo tan simple
La profundidad de una mirada limpia que brilla y refleja. Un espejo que no quiere pelear y tira besos. Un amor que desespera de tan grande. Una voz que puede decirlo más alto pero no más claro. Agua y comida calientes todos los días a cualquier hora. Cierta cantidad de monedas en la bolsa. Un camino que abrasa y abraza. La piel más sensible que nunca. El olor del café recién hecho en las mañanas. Una recámara llena de vida y luz. Una cama llena de paz y sueños. El viernes sin despertador. El sábado con ganas hasta el domingo. Los zapatos gastados de tanto andar. Los motivos de los días. La sonrisa de dientes para adentro. El corazón que sabe saltar. La razón para levantarse de la cama. Una gran ciudad que me abraza a diario. Desfiles de rostros de gente que no puedo ni explicar. Un departamento bonito y mío. La ropa limpia. La conciencia también. Los cuadernos llenos. El alma también. Un abrazo en el que cabemos todos. Un librero lleno de hojas en el pecho. Tantos benditos cabos sueltos. Tantos textos sin terminar. La historia por contar. La música en el aire. La mirada en el cielo. La luna en la ventana. Todo tan fácil. Todo tan simple. A mí, todo esto, sólo me tomó 30 años.
Lléname
Lléname de besos la punta de la nariz. Lléname los hombros de saliva y ganas. Lléname el piso de polvos mágicos y las ventanas de historias sin fin. Lléname la casa de tus cosas. Lléname de preguntas las respuestas. Lléname de sueños largos los cuentos cortos. Lléname de canciones los rincones. Lléname el aire de jadeos y de vueltas el reloj. Lléname los días de lunas y los lunes de sol. Lléname de palabras las dudas. Lléname la almohada de ti. Lléname los huecos de amor; que el vacío es grande, amor, y si quepo yo, cabes tú conmigo.
El mensaje inconexo del día
A veces, todo me urge. Me inunda la ansiedad insoportable de querer cambiarlo todo y salgo corriendo en cualquier dirección que, por lo general, es hacia ningún lado. Me gana el deseo de aventarlo todo por un gran ventanal rompiendo cristales y rompiendo en llanto. Tengo tanta prisa que da risa. Me muevo compulsivamente, nada me dura. He cambiado de vida tantas veces que hay tardes en las que ya no sé quién soy. No es queja. Mis recuerdos son como de otras vidas; creo que escogí las alas en vez de las raíces. Evito los espejos porque no sé dar explicaciones que nadie pide. Bebo demasiado café y aún no repongo lo último que me robaron. Tengo un grito atorado en el nudo de la garganta que me corta la voz y sangro por dentro. Si todo esto tuviera una alarma de emergencia; éste, en definitiva, no sería el momento de hacerla sonar, pero sin duda, le pondría la mano encima... por si acaso. Las pulseras de colores se enredan en mi muñeca y ahora que todo da vueltas, el único lugar del que se me ocurre sostenerme es de tu abrazo. Lo delicioso de fumar es que de un lado del cigarro me pongo yo y del otro, pongo al mundo entero. Se queda todo en suspenso mientras, otra vez, a la distancia, no resuelvo gran cosa. Y me quedo con la sensación flotante de haber contribuido con unos cuantos minutos y un poco de humo a la gran cuestión. El problema con pensar es que pensamos que pensando lo entederemos todo. Y no, ¡vaya que no! Globos de colores reventando en mi cabeza porque no sé qué palabras usar para ordenar todo lo que estoy sintiendo. Siento gracias, siento amor, siento urgencia; y a ratos, también, siento que exploto. Soy la consentida de alguien a quien no le veo el rostro. Me siento protegida a la intemperie. No creo en los errores ni en los accidentes. Ni siquiera sé qué significa perder porque siento que nada me pertenece. Cruzo mis fronteras tres veces diarias y el único idioma que quisiera dominar es el del silencio. Para entender que mi tiempo es mío, primero lo puse en renta y después aprendí a deshojar la culpa de hacer con él lo que me dé mi gana. Me tiemblan las manos cuando voy a empezar a escribir. Me tiemblan los labios cuando termino. Constantemente, cuando estoy sola, me siento observada. Tal vez, cargo secretamente con todas las miradas del mundo. No sé cocinar para dos y no soporto la sensación de la piel seca. Me gusta la comida crujiente y bañarme con agua muy caliente. No te extraño y quisiera que no volvieras a leerme jamás. Sigo preguntándome qué hace el mar cuando quiere ir a la playa. Nunca supe qué tan lejos estaba hasta que volví y el que dijo que el amor es ciego, jamás amó. Quiero vivir en la copa de un árbol en altamar y flotar sin rumbo fijo hasta un desierto derretido. Ya no sé si el mundo me espera o yo a él. Otra vez se me fue el día en no sé qué. Y pensar que lo único que yo venía a escribir aquí, era que no podía escribir. Tal vez sólo tenía que comenzar diciendo "a veces, todo me urge".
Pienso en ti
En lo valiente que eres. En tus ojos, en tu boca, en tus manos, en tantos años atrás. Imagino la seguridad que debiste sentir. Y el desamparo. Pienso en la puerta que cerraste tras de ti y en la gente que se te fue. En las palabras afiladas y huecas que se pronunciaron y que nunca escuchaste. ¿Jamás dudaste? ¿Jamás pensaste que sería mejor guardarlo todo?
Pienso que me hubiera encantado estar ahí para besarte la frente.
Pienso en ti.
¿Fusión?
Me encanta esta foto.
Sólo desde este punto de vista parece una fusión.
Pero no lo es.
O sí.
Quién sabe.
Quién sabe.
Y ya.
Me encanta.
Amanecer al revés
Hoy aquí amanecimos al revés.
A medio día. Con frío. Oliendo a ti. Las sábanas casi intactas. Con una nota debajo de la almohada y el aire preguntando porqué no lo respiras. Las ventanas voltearon hacia otro lado, las cuerdas de la guitarra no quisieron vibrar y el fuego de la estufa decidió no quemar. El agua no moja, las fotografías recargadas contra la pared. La música escuchándome a mí, la cama echada a dormir, la mesa parada de cabeza y los libros leyéndome.
Me sobra la falta que me haces.
Tanto.
Tanto.
Apología de una boca
Le escribí el título a esto y me sentí insuficiente.
Inmediatamente incompetente.
Estúpida.
Prescindible.
Ridícula.
Pequeña.
Para hablar de ti.
De tu boca.
De... tanto.
De tú.
De yo.
De tu boca.
De tu boca.
De tu boca.
Ésa que me preguntó la hora para después besar urgentemente la mía.
Ésa que se mordió los labios porque sus ojos todavía no veían los otros.
Ésa que bebió mezcal y pronunció las direcciones exactamente opuestas hasta perdernos todos.
Ésa a la que le urgían las ganas y buscaba, sin lograrlo, recuperar el tiempo perdido.
Ésa que pregunta y responde.
Ésa en la que me perdí tantas veces y tantos tiempos.
Ésa en la que hablé y sonreí.
Ésa en la que amanecí.
Ésa a la que alimenté.
Ésa que mordí desesperada.
Ésa en la que me fundí.
Ésa en la que me perdí y me encontré perdida y encontrada.
Ésa que intenté delimitar con mis dedos acariciándole -con toda mi delicadeza- los bordes.
Ésa que me hizo aterrizar en mundos llenos de escalofríos, temblores, carcajadas y charcos de amor.
Ésa que intento -fracasadamente- memorizar.
Ésa en la que caben todas las palabras, los silencios, las sonrisas, las urgencias.
Ésa en la que vale la pena cualquier desvelo y cualquier sol.
Ésa que tanto se ha tragado.
Ésa que ya no quiere tragar más.
Ésa que ha paseado por mi cuerpo a las cinco de la tarde y a las tres de la mañana.
Ésa que fuma, bebe, besa, ríe, vomita, calla, provoca, enreda y desata.
Abraza. Abarca. Atiende. Aturde. Acaricia. Ama.
Aquí. Conmigo.
Ésa.
Ésa que eres tú: la bendita boca ésa.
Tanta voz.
Tanta saliva.
Tantas canciones.
Tanto dicho y no dicho.
Tanto tú.
Tanto todo.
Que te duelen las encías.
Que masticas la prisa.
Que dices "nada" cuando te pregunto qué estás pensando.
Que hace sonidos cuando despiertas, cuando sueñas, cuando...
Que tienes hambre.
Que tienes algo que decir.
Que gritas.
Que aprietas.
Mi recorte de realidad favorito.
No faltaba ni decirlo.
Ya.
Lo has sabido.
Yo también.
Pero no me pertenece.
Aunque un poco sí.
Un poco sí.
por favor...
un poco sí.
Un poco sí me pertenece esa boca.
¿Verdad?
Inmediatamente incompetente.
Estúpida.
Prescindible.
Ridícula.
Pequeña.
Para hablar de ti.
De tu boca.
De... tanto.
De tú.
De yo.
De tu boca.
De tu boca.
De tu boca.
Ésa que me preguntó la hora para después besar urgentemente la mía.
Ésa que se mordió los labios porque sus ojos todavía no veían los otros.
Ésa que bebió mezcal y pronunció las direcciones exactamente opuestas hasta perdernos todos.
Ésa a la que le urgían las ganas y buscaba, sin lograrlo, recuperar el tiempo perdido.
Ésa que pregunta y responde.
Ésa en la que me perdí tantas veces y tantos tiempos.
Ésa en la que hablé y sonreí.
Ésa en la que amanecí.
Ésa a la que alimenté.
Ésa que mordí desesperada.
Ésa en la que me fundí.
Ésa en la que me perdí y me encontré perdida y encontrada.
Ésa que intenté delimitar con mis dedos acariciándole -con toda mi delicadeza- los bordes.
Ésa que me hizo aterrizar en mundos llenos de escalofríos, temblores, carcajadas y charcos de amor.
Ésa que intento -fracasadamente- memorizar.
Ésa en la que caben todas las palabras, los silencios, las sonrisas, las urgencias.
Ésa en la que vale la pena cualquier desvelo y cualquier sol.
Ésa que tanto se ha tragado.
Ésa que ya no quiere tragar más.
Ésa que ha paseado por mi cuerpo a las cinco de la tarde y a las tres de la mañana.
Ésa que fuma, bebe, besa, ríe, vomita, calla, provoca, enreda y desata.
Abraza. Abarca. Atiende. Aturde. Acaricia. Ama.
Aquí. Conmigo.
Ésa.
Ésa que eres tú: la bendita boca ésa.
Tanta voz.
Tanta saliva.
Tantas canciones.
Tanto dicho y no dicho.
Tanto tú.
Tanto todo.
Que te duelen las encías.
Que masticas la prisa.
Que dices "nada" cuando te pregunto qué estás pensando.
Que hace sonidos cuando despiertas, cuando sueñas, cuando...
Que tienes hambre.
Que tienes algo que decir.
Que gritas.
Que aprietas.
Mi recorte de realidad favorito.
No faltaba ni decirlo.
Ya.
Lo has sabido.
Yo también.
Pero no me pertenece.
Aunque un poco sí.
Un poco sí.
por favor...
un poco sí.
Un poco sí me pertenece esa boca.
¿Verdad?
Una mujer -sola-
Ha llegado el momento de quedarme sola. En el más absoluto silencio... o bueno, lo que se pueda lograr a fines de semana y de diciembre en medio de este barrio bullicioso, vivo y desordenado, que si bien no es silencio absoluto, me llena los oídos y me vacía los rincones.
A lo lejos, alguien pasa a toda velocidad en una motocicleta rechinando sus llantas dejando firmas perennes sobre nuestra calle; alguien más, ríe a carcajadas y grita celebrando dios sabe qué; un perro ladra solo y desquiciado; suena la alarma de un automóvil una y otra vez; y otro alguien, rebota un balón sobre un muro de ladrillos despellejados y rojos... como quedaba mi piel cuando iba y me tendía tan solo unos minutos bajo el sol de alguna playa por ahí.
A lo cerca, una mujer -sola- sentada en una silla frente a una mesa, intenta ignorar los ruiditos insistentes de su teléfono y las mágicas pelusas que se multiplican como conejos en su piso; que bebe sorbo a sorbo un vino que compró para la ocasión; que le pide a su piel que se lo diga más quedito cuando murmura que extraña y que posterga una llamada que, bien sabe, le girará la vida. Una vez más. ¿Cómo hace el mundo para vivir dando vueltas sin detenerse a vomitar de mareo? A veces se antoja...
Y lo hice. Lo logré. Soy ésa que decidió estacionarse en el acotamiento de la vida, prender las luces intermitentes y saludar con la mano y con la sonrisa a todo el que pasara a toda velocidad rebasándola por la izquierda. A mí la prisa siempre me sobró... hasta que ya no. Tuve para dar y repartir. Entonces, me quité los zapatos, subí los pies al tablero de mi auto y me dediqué a observar mis calcetines y a descifrar el azul del cielo. ¿Que si pasa una nube? Que pase. ¿Que si empieza a llover? Que llueva. ¿Que si se hace de noche? Bienvenida es.
Que me atraviese la vida. Que me vuelva una red trasparente y hermosa flotando en un mar lleno de vida por la que fluya todo sin resistirme a nada. Y lo digo llenándome el cuerpo de lo que no vengo a decir aquí. Pero juro que es verdad, conste que lo he hecho. Sin entender casi nada he llegado hasta acá. Y estoy conmigo.
Que me atraviese la vida. Que me vuelva una red trasparente y hermosa flotando en un mar lleno de vida por la que fluya todo sin resistirme a nada. Y lo digo llenándome el cuerpo de lo que no vengo a decir aquí. Pero juro que es verdad, conste que lo he hecho. Sin entender casi nada he llegado hasta acá. Y estoy conmigo.
Los cuerdos mandan en esta tierra y yo no quería poder.
Robo de sueños
A mí ya me parece todo tan extraño.
Una persona que, lejos de compartir sueños, decide vivirlos como propios.
Y decir "siempre había soñado con..."
¿Sí?
Qué sospechoso porque yo también.
Y recuerdo contártelos.
Qué específicas y escalofriantes coincidencias.
¿No te parece?
¿O a dónde se denuncia un gravísimo robo de sueños?
¿A dónde puedo hablar?
Una persona que, lejos de compartir sueños, decide vivirlos como propios.
Y decir "siempre había soñado con..."
¿Sí?
Qué sospechoso porque yo también.
Y recuerdo contártelos.
Qué específicas y escalofriantes coincidencias.
¿No te parece?
¿O a dónde se denuncia un gravísimo robo de sueños?
¿A dónde puedo hablar?
Lo menos pensado
Soy el agujero de mi sillón naranja y todas las historias que contaría si pudiera.
Soy el aire que sale despacio por las ventanas porque uno nuevo ocupó su lugar.
Soy la soledad llorando a carcajadas bautizando canciones y poesías.
Soy las películas que dejé a medias y las razones por las que valió la pena.
Soy una canasta de fruta fresca en un día de verano en el sur del mundo.
Soy un vaso con agua mineral con hielo.
Soy una taza que quería café pero le dieron té.
Soy las bocinas reventando en el mejor concierto de tu vida.
Soy una loca leyendo a Benedetti en los jardines de la universidad.
Soy el queso parmesano que no le pusiste a la pasta que no cenaste hoy.
Soy Avenida Patria y Avenida Vallarta y tantas calles que me caminaron.
Soy el vacío en la panza de mi guitarra y mi chamarra gris que parece verde.
Soy las hojas que se le cayeron a un árbol durante la noche y que alguien barrió por la mañana.
Soy el vaivén de un barco anclado en cualquier puerto de cualquier playa de cualquier mundo.
Soy la música de un sueño en vivo y a todo color.
Soy el cartón de las cajas de mi última mudanza.
Soy la altura de "a estas alturas".
Soy las campanadas de las doce del día de aquella iglesia en la que hace años no me aparezco.
Soy el piso de la casa de mis padres.
Soy cada insecto que he matado en treinta años, queriendo o sin querer.
Soy un balcón lleno de macetas llenas de flores llenas de polen llenas de alergia y alegría.
Soy el contenido de las bolsas de basura que saco desbordantes de mi departamento.
Soy un quizá que nació no y un quizá que nació sí.
Soy el vagabundo que vive bajo el puente a cinco cuadras de aquí.
Soy las caricias torpes de quien no me supo a mar.
Soy el montón de risas a tiempo y lágrimas a destiempo en las que me he derramado.
Soy el agua enjabonada que se va por el desagüe cuando me estoy bañando.
Soy abril, otoño, sábado y media noche.
Soy la voz en mi cabeza diciendo que no hay voz en mi cabeza.
Soy mi cuna, mis tíos, mis ahorros y mi piel muerta.
Soy los cristales que no he roto con piedras que no he lanzado.
Soy cada regalo que jamás usé.
Soy cada banqueta que he pisado con esas botas negras.
Soy cada piel que he besado y cada gemido que he ahogado.
Soy cada fotografía que he tomado sin usar ninguna cámara.
Soy el perro que ladra en la puerta de alguna casa en La Habana.
Soy toda la ceniza que he tirado por ahí.
Soy todo lo que he escrito y lo que no.
Soy lo que borro, lo que edito, lo que guardo para un después que no siempre llega.
Soy mi pupila dilatada, mis escalofríos, mis estornudos y mi tos.
Soy mi lámpara encendida en pleno día.
Soy cada kilómetro que marca el contador de mi camioneta y todo su desgaste.
Soy en cada mirada de alguien que me recuerda.
Soy cada delito que he cometido, porque si a esas vamos, delincuentes somos todos.
Soy la justicia que brilla por su ausencia en este bendito país.
Soy las cicatrices que se borraron de mis piernas y las que no se borraron de mi memoria.
Soy el montón de explicaciones que todos merecemos y que nadie da.
Soy la varicela que me dio cuando niña.
Soy mi lista de palabras favoritas.
Soy todas las nostalgias que me faltan por sentir.
Soy la que, por mera voluntad, lo pierde todo una y otra vez.
Soy mi olor, mis pecas, mis calcetines perdidos, aquél saco de lana que nunca encontré.
Soy el grito más silencioso que jamás escucharé.
Soy todo lo que me estoy callando porque he encontrado la forma de hablar sin decir.
Soy lo menos pensado y lo más.
Y con todo lo que soy, hoy sólo siento que nada.
Soy el aire que sale despacio por las ventanas porque uno nuevo ocupó su lugar.
Soy la soledad llorando a carcajadas bautizando canciones y poesías.
Soy las películas que dejé a medias y las razones por las que valió la pena.
Soy una canasta de fruta fresca en un día de verano en el sur del mundo.
Soy un vaso con agua mineral con hielo.
Soy una taza que quería café pero le dieron té.
Soy las bocinas reventando en el mejor concierto de tu vida.
Soy una loca leyendo a Benedetti en los jardines de la universidad.
Soy el queso parmesano que no le pusiste a la pasta que no cenaste hoy.
Soy Avenida Patria y Avenida Vallarta y tantas calles que me caminaron.
Soy el vacío en la panza de mi guitarra y mi chamarra gris que parece verde.
Soy las hojas que se le cayeron a un árbol durante la noche y que alguien barrió por la mañana.
Soy el vaivén de un barco anclado en cualquier puerto de cualquier playa de cualquier mundo.
Soy la música de un sueño en vivo y a todo color.
Soy el cartón de las cajas de mi última mudanza.
Soy la altura de "a estas alturas".
Soy las campanadas de las doce del día de aquella iglesia en la que hace años no me aparezco.
Soy el piso de la casa de mis padres.
Soy cada insecto que he matado en treinta años, queriendo o sin querer.
Soy un balcón lleno de macetas llenas de flores llenas de polen llenas de alergia y alegría.
Soy el contenido de las bolsas de basura que saco desbordantes de mi departamento.
Soy un quizá que nació no y un quizá que nació sí.
Soy el vagabundo que vive bajo el puente a cinco cuadras de aquí.
Soy las caricias torpes de quien no me supo a mar.
Soy el montón de risas a tiempo y lágrimas a destiempo en las que me he derramado.
Soy el agua enjabonada que se va por el desagüe cuando me estoy bañando.
Soy abril, otoño, sábado y media noche.
Soy la voz en mi cabeza diciendo que no hay voz en mi cabeza.
Soy mi cuna, mis tíos, mis ahorros y mi piel muerta.
Soy los cristales que no he roto con piedras que no he lanzado.
Soy cada regalo que jamás usé.
Soy cada banqueta que he pisado con esas botas negras.
Soy cada piel que he besado y cada gemido que he ahogado.
Soy cada fotografía que he tomado sin usar ninguna cámara.
Soy el perro que ladra en la puerta de alguna casa en La Habana.
Soy toda la ceniza que he tirado por ahí.
Soy todo lo que he escrito y lo que no.
Soy lo que borro, lo que edito, lo que guardo para un después que no siempre llega.
Soy mi pupila dilatada, mis escalofríos, mis estornudos y mi tos.
Soy mi lámpara encendida en pleno día.
Soy cada kilómetro que marca el contador de mi camioneta y todo su desgaste.
Soy en cada mirada de alguien que me recuerda.
Soy cada delito que he cometido, porque si a esas vamos, delincuentes somos todos.
Soy la justicia que brilla por su ausencia en este bendito país.
Soy las cicatrices que se borraron de mis piernas y las que no se borraron de mi memoria.
Soy el montón de explicaciones que todos merecemos y que nadie da.
Soy la varicela que me dio cuando niña.
Soy mi lista de palabras favoritas.
Soy todas las nostalgias que me faltan por sentir.
Soy la que, por mera voluntad, lo pierde todo una y otra vez.
Soy mi olor, mis pecas, mis calcetines perdidos, aquél saco de lana que nunca encontré.
Soy el grito más silencioso que jamás escucharé.
Soy todo lo que me estoy callando porque he encontrado la forma de hablar sin decir.
Soy lo menos pensado y lo más.
Y con todo lo que soy, hoy sólo siento que nada.
No somos
Te diré lo que no somos.
No somos dos cuerpos desnudos buscándose en la oscuridad de unas sábanas frías. No somos éxtasis compartiendo el aire, el vino, el mañana. No somos los que se cuentan historias sabiendo en qué terminarán. No somos los que echan monedas al aire y después hacen trampa para ganar un estúpido jueguito de palabras. No somos los que saben cómo dar una puñalada por la espalda. No somos los que comen sin hambre y lloran sin dolor. No somos dos tomados de la mano caminando bajo la lluvia. No somos dos carcajadas ni dos miradas perdidas de amor. No somos los que prefirieron quedarse en tierra firme cuando todos los demás se pusieron a sembrar. No somos tontos que se aburren ni que se hastían tanto de sus propias vidas que llevan la sonrisa entumida y empolvada para mostrársela a los otros reluciente. No somos accidentes. No somos los que saben cómo irse... o por dónde. No somos dos locos que alguna vez se dijeron "te amo".
Te diré lo que no somos:
un nosotros.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

