Amanecí pensando en la valentía. En qué
significa ser valiente. Es fuego por debajo de la piel. La espalda hasta se
endereza, la mirada se levanta y crece. Las plantas de los pies echan raíces en
los sueños. Puede suceder en un segundo, como un relámpago. Y así sucede.
Después puede prolongarse por horas, días, meses… como subir una montaña
gigante viajes en el tiempo. Todo se concentra en un mismo punto, lo demás
sobra. El valiente se viste de confianza, de fe y de alegría. Algo se ha roto y
se ha limpiado. Algo se ha dejado de ser y se ha dejado atrás. Como una cebolla
a la que se le cae la capa exterior, la más seca, la más maltratada, la que
protegió a las otras. El miedo puede seguir ahí alrededor pero el que se siente
valiente camina a pesar de sí mismo y lo atraviesa; sus piernas lo sostienen,
su sangre lo lleva. Las voces que hacían una orquesta de contradicciones, de
pronto hacen un solo silencio y sonríen. El corazón corre fuerte porque sabe
que ha dejado de obedecer, que es hora de volver a crear, de entender que los
regalos de la vida muchas veces vienen envueltos con un gran moño rojo de
incertidumbre. Y hay que abrirlos. ¿O qué significa ser valiente?
La guerra a tu guerra
Culpo al desierto por las tormentas y al suelo firme por los naufragios.
Culpo a los tesoros en el fondo del mar porque nadie los ha encontrado.
Culpo a la luna por lo que muere y al sol por lo que no nace.
Culpo al diablo que sopla el fuego y al niño que lo genera. Porque se saben dios.
Culpo al destino, al destiempo, al deseo.
A las estrellas, a las semillas, a las batallas.
A lo de siempre: a la comedia, al terror, al drama.
A lo de nunca: al dos más dos es cuatro y al un dos tres por mí.
Culpo a la jaula y al oro. Al famoso futuro fantástico y falso.
De cielos que nunca atravesaste para ser huracán en el país de los enfermos de locura
que escuchaban música y bailaban.
Culpo a la memoria, a la euforia. A la escapatoria ilusoria.
Culpo a la cobardia, a la rebeldía y a cada página arrancada de la historia.
Culpo a los ojos que se abren para llorar y a los sueños que se mueren de pereza,
como frutos podridos en el suelo de una selva.
Culpo al tiempo que despeina desengaños y al amor que nos trata a todos como extraños.
Culpo a mi piel que da y quita, que une y separa. Que se quema y se cura y me guarda.
Cupo a la culpa que me desnuda y que soborna a mis demonios para que levanten laberintos
y vuelen sobre mi cabeza sin dejarme respirar.
Culpo a lo que no te vas a ahorrar: explicaciones, tentaciones, decepciones.
Culpo al orden del desorden y a la energía del caos.
Culpo a la sangre que te regó los miedos. A las ventanas y a tus hermanas.
Culpo a las coincidencias, los accidentes, los abismos. A todo lo que culpan todos.
Dos carcajadas y medio llanto después, culpo al absurdo y al ridículo.
A la risa contagiosa y al vacío de cinco letras y un refrán al sur del mundo.
Porque nada iba a ser y fue, todo es ganancia sin garantía.
Y entonces:
Que dejes en paz el sentido y le hagas la guerra a tu guerra.
Que te hinches de alegría como madera húmeda y abandonada.
Que elijas el rumbo pero no el paisaje. Que llueva.
Que te pierdas en las fronteras y tu mirada te traiga de vuelta.
Que las caricias te dejen cicatriz y que el amor te deje entero.
Que rompas espejos y esperes milagros.
Porque si todo es azar, el juego ya está acabado.
Culpo a los tesoros en el fondo del mar porque nadie los ha encontrado.
Culpo a la luna por lo que muere y al sol por lo que no nace.
Culpo al diablo que sopla el fuego y al niño que lo genera. Porque se saben dios.
Culpo al destino, al destiempo, al deseo.
A las estrellas, a las semillas, a las batallas.
A lo de siempre: a la comedia, al terror, al drama.
A lo de nunca: al dos más dos es cuatro y al un dos tres por mí.
Culpo a la jaula y al oro. Al famoso futuro fantástico y falso.
De cielos que nunca atravesaste para ser huracán en el país de los enfermos de locura
que escuchaban música y bailaban.
Culpo a la memoria, a la euforia. A la escapatoria ilusoria.
Culpo a la cobardia, a la rebeldía y a cada página arrancada de la historia.
Culpo a los ojos que se abren para llorar y a los sueños que se mueren de pereza,
como frutos podridos en el suelo de una selva.
Culpo al tiempo que despeina desengaños y al amor que nos trata a todos como extraños.
Culpo a mi piel que da y quita, que une y separa. Que se quema y se cura y me guarda.
Cupo a la culpa que me desnuda y que soborna a mis demonios para que levanten laberintos
y vuelen sobre mi cabeza sin dejarme respirar.
Culpo a lo que no te vas a ahorrar: explicaciones, tentaciones, decepciones.
Culpo al orden del desorden y a la energía del caos.
Culpo a la sangre que te regó los miedos. A las ventanas y a tus hermanas.
Culpo a las coincidencias, los accidentes, los abismos. A todo lo que culpan todos.
Dos carcajadas y medio llanto después, culpo al absurdo y al ridículo.
A la risa contagiosa y al vacío de cinco letras y un refrán al sur del mundo.
Porque nada iba a ser y fue, todo es ganancia sin garantía.
Y entonces:
Que dejes en paz el sentido y le hagas la guerra a tu guerra.
Que te hinches de alegría como madera húmeda y abandonada.
Que elijas el rumbo pero no el paisaje. Que llueva.
Que te pierdas en las fronteras y tu mirada te traiga de vuelta.
Que las caricias te dejen cicatriz y que el amor te deje entero.
Que rompas espejos y esperes milagros.
Porque si todo es azar, el juego ya está acabado.
La inmortalidad del pez
Imagino un pez. Del color que sea. Que por alguna razón que ha olvidado o que no importa, ha saltado fuera del mar y ha ido a aterrizar de un encontronazo, en un viejo muelle de madera. A plena luz del aire seco. A la vista de algunas aves que por ahí pasaban, pero a la vista de nadie que pudiera salvarle. Un día precioso, por cierto.
El pez brinca y trata de impulsarse de alguna forma sobre la vieja y sabia superficie de madera. Alerta. Confusión. Todo es distinto de pronto. Rebota como hule de lado a lado, girándose y aprendiendo qué cosa es el dolor. Y sintiéndose vivo como nunca. El juego es ya. El pez se abre como flor tratando de respirar, pero sólo logra aspirar un vacío que si no lo llena, lo mata. Se aturde. Caos.
Antes de entrar en pánico, el pez tiene la certeza de que el mar está ahí. Tan sólo debajo del muelle. Puede escucharlo y olerlo. Y sabe que lo único que tiene que hacer, es intentar regresar al agua.
Después de entrar en pánico y una vez asfixiado por él, el pez desconfía del mar. Ya no sabe nada. Cree que si brinca, se va a ahogar.
Después de entrar en pánico y una vez asfixiado por él, el pez desconfía del mar. Ya no sabe nada. Cree que si brinca, se va a ahogar.
Oda al perdón
Te amo. Te respeto. Te perdono. No me debes nada. Te lo juro. Ni yo a ti. No pudo ser de otra manera. Ahora lo sé. Vámonos a la playa. Veamos juntos pasar el tiempo. Lo hiciste todo. O quizá no, pero yo tampoco. Porque no supe cómo. Igual que tú. Y porque el orgullo. Y porque el enojo. Te extraño. Ya no me acuerdo cómo no extrañarte. El hueco que dejaste no dejado de doler ni un día desde que te fuiste. Nunca supe cómo hacer que no me tragara el vacío de lo que no fue. Pero ya. No hay más. No sé si te entiendo pero no debió ser fácil. No debe serlo todavía. Nunca lo fue. Tocaste el fondo del mar de la soledad y la rabia. Y después soltaste todo lo demás. Pero así eres. Tú te vas de a poco. Yo ya lo entendí. Te vi por años apagándote como un incendio bajo la tormenta. No lo pude creer. A veces, todavía no puedo. Y sí, me dolió más que a nadie. Es cierto. Lo sabes. Yo sé que lo sabes. Yo también lo sé. Porque tuviste tres y yo tuve uno. Pero qué mas da si te veo ahora y te quiero abrazar. Gracias por creer en mí. Sé que lo haces. Sé que no entiendes. Yo tampoco. No importa. Si los dos soltamos todo ahora, la deuda estará saldada. Será nuestro trato. Y respiramos paz. Además parece justo a tiempo. Siempre es justo a tiempo. Gracias porque lo que me diste. Me lo diste tan bien, que ni yo misma me lo puedo quitar. Nunca. Ni quiero. Te honro. Gracias. Para siempre. El verde no puede odiar el azul porque sabe que es odiarse a sí mismo.
Café con leche
Escribir es hablar de lo que duele sin hacer ruido.
Café con leche. Muy caliente todavía, muy nuevo que está el año aún.
Pero que sea feliz para todos.
¿Escuchaste, 2015?
Café con leche. Muy caliente todavía, muy nuevo que está el año aún.
Pero que sea feliz para todos.
¿Escuchaste, 2015?
Manifesto
Me rehúso a obedecer en todo. A renunciar al derecho de encontrar mis propias respuestas y a permitirme el aburrimiento o la tibieza de alma. Me rehúso a conformarme con cualquier aspecto de mi vida que no me satisfaga y me rehúso a tener que dar siempre una explicación lógica a mis decisiones. Me rehúso a quedarme a vivir en la tristeza, en el dolor o en la apatía; a abandonar lo que me haga sentir amor. Me rehúso a no escuchar a mi cuerpo y a ir en contra de mi intuición. Me rehúso a permanecer callada ante lo que no me parece y, me rehúso también, a cocinar opiniones al vapor y a fabricar juicios instantáneos sobre cualquiera -hasta de mí misma-. Me rehúso a los absolutos, a olvidar la sorpresa, a dejar de buscarme y a dejar de jugar. Me rehúso a ver los límites como barreras y a desconfiar de todos. Me rehúso a sentir miedo todo el tiempo y a ver sólo el peor escenario posible. Me rehúso a dejar de escribir, a dejar de viajar y a dejar de soñar. Me rehúso a acumular cosas o ideas que ya no me sirven y a guardarlas sólo por tradición o por nostalgia. A sentirme separada de todo lo que me rodea, a dejar de estudiar y a soltar la terquedad. Me rehúso a serle fiel a algo -o alguien- antes que a mí misma. Me rehúso a la violencia. A creer en los accidentes y en la "suerte" como respuesta ante lo inexplicable. Me rehúso a darle toda la razón a la razón.
Diciembre nunca llega solo
Apenas es 2 de diciembre y el mes ya se me filtró por los poros.
Diciembre merece estas líneas por lo que provoca. Porque es un mes distinto en el que siento cosas distintas y percibo lo que atravieso de forma distinta. Por lo que se lleva y por lo que nos deja. Por lo que sacude y lo que regala.
En diciembre se me enredan las reflexiones obsesivas con los foquitos de navidad que ya no prenden... y con maletas llenas de cosas pendientes en aeropuertos ajenos y lejanos. En diciembre se me aprietan los nudos en la garganta cuando voy al desierto y queremos hablar del futuro. En diciembre siempre te extraño. En diciembre me siento satisfecha y orgullosa. Contenta y triste.
Se me revuelve el jolgorio a colores de los moños de regalos y el aguinaldo y las hermanas y el optimismo de la eterna esperanza; con la ilusión y la burbuja del "borrón y cuenta nueva", porque ya aprendí que el borrón nunca es total y la cuenta nunca es nueva. Uno siempre es lo que es, pero en diciembre estamos ocupados.
Y ahí estamos: hablando en plural, haciendo balances, posadas, propósitos; cantando villancicos; rompiendo piñatas y promesas, cuando quizá queremos romper en llanto y decir "gracias", "perdóname" o "no te extrañé". Refugiados debajo de abrigos y detrás de ventanas cerradas. Con la nariz fría y la nostalgia hirviendo en la cocina. Y algunos de nosotros, volvemos consistentemente al lugar que insiste en traernos lo que ya no somos. Y algunos de nosotros, dejamos consistentemente el lugar que llamamos casa. Y vamos con nuestros padres, abuelos y amigos a saludar a aquél que solíamos ser y a preguntarle qué ha sido de su vida. Y añoramos quién sabe qué. Y brindamos por quién sabe cuál. Comemos, abrazamos. Todo huele a recién hecho, a nuevo o a canela.
Diciembre nunca llega solo, siempre llega con otros diciembres. Siempre trae ayeres y mañanas. Y no se puede brincar en el tiempo -durante treinta y un días que siempre han sabido volar y hacernos sentir desnudos- y resultar ilesos. Uno se vuelve loco de nostalgia, de ansiedad o de las dos cosas. Por eso es tan confuso, tan caprichoso y tan especial. Diciembre invita los tragos y enero los paga.
Entre recuentos, palabras y cicatrices que no se cubren con bufandas. Entre reencuentros, pereza y sueños que no se mueren con los años. Ay, diciembre. Felices fiestas.
Es mentira
Es mentira que el amor es una flor delicada que hay que cuidar y regar y podar para que no se muera y sobreviva el paso del tiempo. Lo que es delicado y por eso las cuidamos y las regamos y las podamos; -y entonces no se mueren y sobreviven el paso del tiempo- son nuestras expectativas sobre ese amor. Sobre lo que debería ser y sobre lo que deberíamos sentir al respecto.
#yamecansé
Señor Murillo:
Yo también #yamecansé. Sólo que a excepción de usted, ayer yo no estaba dando una conferencia de prensa, ni estaba poniendo mi cara frente a México con una corbata atando mi garganta y yo no estaba siendo absolutamente inconsciente e irrespetuosa de todos los contextos sociales, emocionales y psicológicos que me rodeaban, o de sus consecuencias. Afortunadamente, yo no soy usted y yo no tengo sobre mis hombros la carga tan fuerte que debe ser buscar la justicia -que parece que no existe- en este país.
Y le digo que yo también #yamecansé, así con hashtag para recordarle que hay una parte de la población -que si bien no es la mayoría- porque la mayoría de nosotros está absolutamente jodida, enferma, enajenada y asustada como para usar un hashtag y acceder a una computadora, luz eléctrica y todo eso; pero hay otra parte de nosotros que sí está conectada, que sí está educada, que sí está enterada y que está harta.
Usted no se ha dado cuenta que México está hirviendo. Usted debe vivir rodeado de seguridad, con un techo firme sobre su cabeza, servicio a su disposición, agua caliente por las mañanas y tres comidas diarias. Usted probablemente tenga un jardín hermoso que no se preocupa por cuidar y casi no maneje efectivo ni ande en metro; pero verá, hay gente en las calles que está muy enojada. Hay gente que anda en transporte público y que trabaja todos los días, se esfuerza, lee noticias, estudia maestrías. Y va al súper y al teatro y al mercado y que, así como usted dijo ayer, también ya se cansó.
Yo ya me cansé de pagar impuestos al aparato burocrático obsoleto e inútil al que usted pertenece. Yo ya me cansé de su cinismo y de su falta de sensibilidad. Yo ya me cansé de caminar con miedo por las noches o de darle "vueltas" a mi carro a ver si todavía sigue ahí o si ya se lo volaron. Ya me cansé de los gasolinazos, de los baches, de las banquetas sin rampas para discapacitados, de que en cada esquina alguien me pida una moneda y ya me cansé de no traer monedas por echárselas al parquímetro... para pagarte por el espacio que (no) hay entre nosotros, porque ustedes no lo previeron. Y corrieron tras los billetes, como siempre corren tras los billetes. Ya me cansé de las reformas, de esta democracia, de ir a votar, de la inflación, de la basura, de las devaluaciones históricas y desgarradoras que hemos vivido. Ya me cansé de que ir al museo sea un lujo y subirse a un taxi sea un peligro. Ya me cansé de la corrupción, de la impunidad y de la ineficiencia en todos los niveles.
Yo ya me cansé de que mi hermana que está embarazada y tiene la fortuna de vivir en España, tenga increíbles prestaciones laborales, económicas y legales porque va a ser mamá; y que mis amigas que han tenido a sus hijos en México, tengan demasiadas historias de terror que contar de los hospitales, de los médicos. de los seguros de este país. Y de los bancos. Y mi papá también. Y mis abuelos. Y mis vecinos. Y mis tías. Yo ya me cansé de que moverse en esta Ciudad de México sea un problema tan grande, tan cotidiano y generador de tantas frustraciones en 25 millones de nosotros; y de que a ustedes les valga madre y suban las tarifas con la mano en la cintura y nos den atole con el dedo, mientras le escupen la cara a la transparencia y se pasean por los lugares más íntimos de su anatomía, todas nuestras demandas, necesidades y urgencias; porque están muy preocupados por el avioncito que se compraron, o por la gira que se pagaron y por cómo van a calmar y a distraer a los ciudadanos que cada vez están más contestones, más unidos y más encabronados.
Ya me cansé de comer crisis desde que nací, ya me cansé de soñar con una hipoteca a viente años, ya me cansé de tener que dar tanto para que tú te lleves tanto y a mí no me alcance para hacer las cosas que quiero y merezco y tengo que hacer. O de irme a Acapulco, a Culiacán, a Morelia o a Monterrey en paz. Ya me cansé de que estudiar sea un problema; y trabajar, jubilarse, casarse, divorciarse, poner un negocio, no ponerlo, vivir tranquilo, dar vuelta en U, enfermarse, accidentarse, tomar vacaciones, morirse y nacer... sean problemas en este país. Ya me cansé de las moridas y de las mentiras y de las mentadas. Ya me cansé de la prepotencia asquerosa con la que se dirigen a todos nosotros.
Yo digo que México está hirviendo porque así lo siento. Cuando voy a las marchas o a las comunidades más pobres en las que usted nunca estará; cuando trabajo tanto y el dinero se me acaba tan rápido, o se me corta una llamada o se me va la luz o me detiene un tránsito o veo un federal en la carretera o a un soldado o a un diputado. Digo que México está hirviendo porque cuando veo tu cara en la televisión, en los periódicos y hasta en mi teléfono, así lo siento en la panza y en la sangre, siento que hierven como hierve México con los estudiantes y los maestros y los pilotos y los periodistas y los migrantes y los campesinos y los niños del incendio y los indígenas y las mujeres y los gay y los narcos y los ancianos y los vagabundos y los secuestrados y los desaparecidos y los asesinados. Y sus familias. Y todos. Todos menos ustedes.
Usted se cansó ayer un ratito en una conferencia de prensa y nosotros ya nos cansamos de todo lo que usted representa. ¿Cómo le hacemos, señor?
Para mí
Es delicioso. Es como tomar el primer sorbo de café recién hecho un sábado lluvioso por la mañana entre las montañas. Es como meter el cuerpo en aguas termales que acarician y limpian la piel y sus silencios desde adentro. Como un chocolate artesanal y un traguito de mezcal. Es como tumbarse en la hierba húmeda y meterse entre unos brazos suaves y mirar a la noche fría que se llena de estrellas, aviones y galaxias imaginarias. Es como respirar aire virgen en el polo sur.
Es peligroso. Es como jugar a la ruleta rusa con un revólver oxidado de la primera guerra mundial con soldados perturbados y borrachos. Es como mirarse al espejo sólo para descubrir que detrás hay otro y abajo otro y arriba otro, y que entonces estamos metidos en un laberinto eterno de reflejos, rebotes matemáticos y energéticos pero nada más que eso. Es como provocarse una sobredosis con ganas de sobrevivir. Es una droga estimulante del lenguaje, por lo tanto el pensamiento y la imaginación, por lo tanto, provocadora del caos y el arte. ¿Cuándo nos ha servido pensar demasiado?
Es terapéutico. Es como un masaje doloroso pero sanador para la espalda, las piernas, el alma y la mirada. Es como la primera lágrima que abre el surco inevitable en la mejilla de la persona que más amamos. Es como el río que se desborda tras un largo tiempo de sequía y se mete entre las grietas de la tierra quebrada y marchita... y desbordándola la revive. Es como la lluvia que lo cambia todo.
Es aterrador. Es como entrar a ciegas a una cueva negra llena de murciélagos y de moho, sin saber por qué y sin poder parar. Es como tejer una red y ver cómo se expande hacia lugares que ni siquiera sabías que existían muy dentro de tu pecho, entre sus sienes y detrás de tu ombligo. Es como revelar una fotografía y poder ver debajo de los químicos, la historia que se va dibujando en ese cuarto encerrado y pintado de rojo. Es como parir.
Es espiritual. Inexplicable, vertiginoso, enigmático. Se me ocurren puros adjetivos maravillosos. Es perder el control, dejarse llevar, volar sin saber dónde está cielo, meterse al mar en una noche sin luna. Atractivo, sensual, profundamente seductor. Es tratar de explicarle al ave qué cosa es el viento. Es la ola de una nube agitada pegándote en la cara. Es sentirse parte de otra cosa. Es aventurarse a terminar entre los hilos de una nostalgia o entre las llamas de un enojo enterrado o un amor más profundo de lo que creías. Es desconectarse del tiempo y del espacio y ser, sólo ser.
Para mí, así se siente escribir.
Nuestros antepasados fueron nómadas
Vivo aquí porque esta es la ciudad para hacer lo que quiero hacer ahora. Punto. He vivido en otras porque quería hacer otras cosas. Y las hice. No es tan difícil de entender, considerando que nuestros antepasados fueron nómadas. Si en la ciudad en la que naciste cabían todos los deseos que ibas a tener en tu vida, bien por ti. A mí no me pasó eso. Yo me tuve que ir porque me quise ir. Porque sabía que había más cosas: lo soñaba, lo leía, lo veía en la televisión, en las caricaturas. Te conviertes para siempre en la del acento extraño y las explicaciones largas. La de los antojos de otro lado. No importa dónde vivas. Un día, las cosas dan un giro que no esperabas y tardas algunos años en comprender si ése giro fue a tu favor o en tu contra. Pero finalmente tomas perspectiva, acumulas experiencia, contratiempos, contracciones... y lo entiendes. No sabes si crees en la suerte, en el destino o en dios. O en todo. O en nada. Sigues. Y te preguntas si vale la pena sabiendo que no es la primera vez. Evitas las multitudes. Te encuentras en ellas, exploras el anonimato. Te vuelves muy bueno en lo que haces. Observas con cuidado las vidas de tus amigos más cercanos, sabes que la tuya pudo ser así. No descartas nada. Vuelves a donde naciste un par de veces al año y el resto de la vida te la juegas en tierra ajena. Porque ya todo es tierra ajena. Las ganas de buscar no se apagan nunca. Tratar de ahogarlas es como echarle gasolina al fuego. Te vas volviendo cínico, desconfiado, duro. Sospechas y te conviertes en sospechoso. Piensas en ti. A veces en tu futuro, a veces en tu pasado. Se te escurre el ahora. Piensas en tu salud, en tus finanzas, en tu seguridad. Te importan menos personas pero te importan más. Te aterra perderles, jamás lo habías sentido así. También te vas volviendo simple: aprendes a mirar, a escuchar, a esperar, a mentir, a disimular, a aguantarte las ganas, a callar, a explotar para adentro. Aprendes a estar contigo, a ponerte anestesia local, entiendes que no hay garantías. Imaginas conversaciones con gente que ya no existe. Todavía recuerdas qué se sentía creer en Santa Claus y ahora escribes cheques, tienes agenda y te urgen unas vacaciones. Te convertiste en adulto y no te diste cuenta. Todavía crees en combatir el hambre, en la paz del mundo y en conectar con alguien. En decir la verdad. No puedes vivir sin tu café de las mañanas. Te gusta caminar. Quisieras hablar con un desconocido, el que sea, y contarle todo lo que no te atreves a decirle a nadie más. Hablarle de amor y de desesperanza. De ambiciones con freno de mano y confesiones de madrugada. Después, dejar que se vaya como todo lo demás. Tu decepción es del tamaño exacto de tu coraje. Aprendes a tener insomnio, a luchar por lo que quieres, a sentirte solo y a que te digan que no. A que te digan que sí con condiciones. A que te digan que sí cuando no lo esperabas. Te enamoras. Te emborrachas. Te rompes el alma. La vuelves a pegar. Despiertas temprano. Tienes paciencia forzada... porque no te queda de otra. Imaginas millones de soluciones para el mundo. Estudias más, entiendes menos. Te aterra la policía. Tienes demasiados vicios para tener uno preferido. Cuestionas tu religión, tu gobierno y tu genética. Te sientes atado. Te encanta la playa. Necesitas algo y no sabes qué. Estás inquieto. Tienes prisa. Te preocupa, como a todos, el qué dirán. Porque sabes que puede lastimarte. Piensas en tus abuelos. Te imaginas qué hubiera sido de ti si hubieras elegido tal o cual cosa. Si hubieras dicho que sí o que no. Y amueblas los escenarios. Sueñas con ir a ese país. Llevas años queriendo, pero también aprendiste que el dinero y el tiempo no suelen llegar a la misma hora. Compras libros, ves noticiarios. Ya no sabes qué pensar. Nada te representa, si acaso, un tatuaje. Extrañas a tu madre, recuerdas a tu padre. Te sientes culpable. Quisieras un balcón. Te gustan los días nublados y andar en bicicleta. Amas la música. Las cosas no han sido fáciles pero tampoco eres un monumento a la tragedia. Has visto lo mejor y lo peor de tu país. Y tú eres un resultado. Has visitado lugares que jamás imaginaste. Has hecho tonterías de las cuales no sabes cómo sobreviviste. Las sigues haciendo. Te diste cuenta que todos se sienten especiales. Encontraste refugios, coartadas, abrazos. Amigos, traidores. Pronunciaste silencios. Dijiste teamos que no sentías. Hiciste maletas. Renunciaste a algo. Volviste a empezar. Te miras las manos. Se te antoja un chocolate, un paseo. Te tiemblan las rodillas y las certezas. Brincaste de alegría, lloraste en la regadera, te paralizó el miedo. Cuéntame algo tuyo. Necesito entenderme para entenderte a ti. Y valoras el tiempo y escuchas la lluvia y caminas despacio cuando puedes. Cocinas, tienes plantas, vino tinto y fotografías maravillosas. Quieres creer en la diferencia que haces porque si no, te volverías loco. Recuerdas cumpleaños, mandas mensajes, regalas flores, pides deseos, te carcajeas. Fantaseas, hablas solo, cambias de tema. Porque eso es. Experimentas cosas que nunca pensaste, te sorprendes, te encabronas, ¡qué bueno, carajo! Es sano. Para todos. Si sigues llorando es porque todavía te importa y eso para mí significa una cosa: que sigues aquí. Tuviste que elegir entre alas y raíces. Te perdiste las comidas de los domingos o tu propio aniversario. Pediste favores, mudanzas, taxis. Perdiste papeles, aviones, anillos. Sabes el precio exacto de la libertad porque has pagado cada centavo de lo que te cobraron. Aunque no la tengas todavía. Desconfías de los líderes, y cómo no, si comes crisis desde que naciste y sabrías perfectamente cómo elaborar la trampa. Necesitarías días para hablar de la relación de tus padres y sabes cómo hacer y deshacer un nudo de corbata. Tienes pesadillas. Tienes amuletos, pasaporte, credenciales y secretos que ojalá nadie descubra. Lavas tus platos. Sabes que ganas menos de lo que mereces. Te gusta andar descalzo, comes frutas y verduras, amas los sábados por la mañana. Quisieras tumbarte de espaldas a ver las estrellas. Tienes más ropa de la que necesitas. El tiempo vuela. Lo sabes. Piensas en ti hace diez años, tienes recuerdos vívidos de hace veinte. Usas lentes, tenis, el transporte público. Quieres una hamburguesa, pides una ensalada. Cargas cosas que no te pertenecen. Te rindes, te levantas, limpias tus cajones. Conoces el dolor, la alegría, su espalda, el frío, el sudor. Aprendiste que hay muchas formas de violencia. Odias ir al médico, pero vas. Tienes miedo y tienes confianza. Frunces el ceño y abres el pecho. Cuentas con alguien. Afinas tu intuición, desempolvas intenciones, te muerdes los labios. Sueños, angustia, paisajes, caminos, palabras, viento, etcéteras. La nostalgia llega sin avisar y andas por el mundo como siempre lo has andado: con más preguntas que respuestas. Y sigues.
Hoy voy a dormir con reloj
Hoy voy a dormir con reloj,
con lentes en mis ojos,
con calcetines en mis pies,
con ropa interior nueva y negra,
y con una flor en la mano...
por si en los sueños se me ocurre
querer perder el tiempo,
o dejarme tocar por el sol,
sentir frío o estar sola,
enamorarme,
o volverte a ver.
con lentes en mis ojos,
con calcetines en mis pies,
con ropa interior nueva y negra,
y con una flor en la mano...
por si en los sueños se me ocurre
querer perder el tiempo,
o dejarme tocar por el sol,
sentir frío o estar sola,
enamorarme,
o volverte a ver.
Para eso y nada más
No te pierdas un chapuzón en mar abierto. No te pierdas los temazcales ni los mezcales. No te pierdas un atardecer en la playa. No te pierdas un amanecer sin dormir. No te pierdas los abrazos que duran galaxias ni el chocolate caliente de fogata en el bosque. No te pierdas una plática entre mujeres con tu madre, con tu hermana, con tu abuela, con tu diosa. No te pierdas las almendras tostadas y la piel quemada por el sol, ni la neblina. El coco, el tabaco, el hielo. El amor. Temblar de miedo. Llorar de alegría. No te pierdas reír hasta que duela la vida ni correr hasta que muera la noche. No te pierdas las preguntas sin respuesta ni las sopas de letras o los palillos chinos. La comida casera, el olor de un libro viejo, un viaje solo, un vino, un "fue". Respirar profundo, el amigo de la infancia, aprender a nadar. No te pierdas.
Piérdete entre sus brazos y un buen día en la gran ciudad. Piérdete la pista de vez en cuando y las tradiciones que no respetas. Pierde los caminos para que encuentres la aventura. Piérdete la envidia y los amores a distancia. Piérdete de en el encuentro más fortuito de tu vida. Piérdete la soberbia, la superficialidad, la estupidez, los periódicos, las cárceles. Piérdete el lujo de que te digan que sí y vuelve cuando menos lo quieras al lugar de tus cicatrices. Piérdete la mentira y el beso de Judas, piérdete los sermones del sacerdote en domingo y la violencia de alguien que no sabe golpear. Piérdete de los polícias y de los políticos. Piérdete la importancia y el asco. Piérdete perder de vista que todos somos uno.
No te pierdas. Piérdete. Como si algo tuviera sentido. Como si algo no lo tuviera. Como si hubieras de llegar a un lugar distinto a la muerte. Como si fueras único, como si fueras esclavo, como si fueras dios, como si fueras otro. Haz lo que quieras, entrégate: para nada más (y no te confundas en esto), para eso y nada más estás aquí.
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