Irónica cosa

Para ser feliz hay que hacer el ridículo.
Para ser feliz hay que equivocarse.
Para ser feliz hay que ser vulnerable.
Para ser feliz hay que seguir al corazón.
Para ser feliz hay que cambiar el rumbo.
Para ser feliz hay que aprender a sentir incertidumbre.
Para ser feliz hay que hacer lo que uno ama.

Y por más hermoso que suene todo esto, lo más cierto es que es una trampa. Veamos, las oraciones están compuestas de dos partes: primero, nos dicen algo que deseamos; después, nos dicen algo que no. Para obtener lo que sí deseamos debemos hacer cosas que no deseamos. ¿Y entonces cómo se supone que lo logremos? Es equivalente a que nos estuvieran diciendo "para ser feliz hay que meter las manos al fuego"? Claro que nadie quiere meter las manos al fuego pero también claro que todos sí queremos ser felices. ¿Entonces qué decidimos? Mientras, así andamos, en plena batalla por las calles y por las camas; por los billetes y por las luces, luchando para entender las contradicciones que nos taladraron  en nuestras cabezas de piedra desde mucho tiempo antes de nacer. Irónica cosa que nos obsesione tanto la obtención de algo y que, para lograrlo, debamos hacer cosas exactamente las mismas cosas a las que nos enseñaron a tenerles pánico. Irónica cosa, pues, que haya que romper el miedo para poder sonreír.

Por cierto

Cualquiera que haya visto un poco de agua hervir, se ha preguntado por el origen del universo. Y ha visto el caos a los ojos y ha tenido miedo, aunque sea por dos fracciones de volátil segundo. Cualquiera que haya visto un poco de agua hervir, se ha sentido sujeto a mil misterios y se ha encontrado vulnerable ante todo lo que no sabemos. Hoy, me ha sucedido otra vez. Todo por un maldito té. Por cierto, me pasa lo mismo con las estrellas: será que también hierven y que también dan vueltas de la misma forma.

Just saying

"Combatid vuestra pasividad" 
- Anónimo.

Y la frase pasó a la historia.
Añeja y podrida nos la entregaron en las manos.
¿Quién la dijo?, pues una de dos:
Un pasivo que no combatió el anonimato
o un anónimo que era muy activo.

Las letras son vías rápidas de doble circulación.
Ni siquiera una palabra tiene un único sentido.
Y aquí son sólo veinte o menos,
aunque tal vez más.
Lo bueno es que era una mentira,
eso de que pasó a la historia.
Lo malo es que era una verdad,
eso de que tengas cuidado.

Just saying:
be careful in what you believe to be true.

Run in the family

And before you think again
about getting pregnant, again, 
think twice more before you do it
because, remember:
twins run in the family...

A diferencia de todo


Quiero toda la ternura que acumula el mar sólo para acercarse a besar su playa. Quiero la sabiduría del sol cuando se atreve a pasar entre tantas nubes. Quiero la rabia con la que un tornado embravecido llega a levantar el polvo y va y lo escupe en otro lado. Quiero la calma con la que se congelan los glaciares y quiero la prisa de los ríos cuando van bajando a abrazar a su madre. Quiero la paciencia de la tierra cuando gesta una semilla y la entereza de aguantar sus ramas que aguantarán nidos. Quiero la seguridad de una casa de murciélagos en el medio de la noche. Quiero la magia de un volcán en el centro de mi pecho y la sutileza de la geometría en las flores de colores. Quiero la alegría y la desfachatez que deben tener los hongos para brotar así, tan despreocupados, ante la menor provocación de las aguas del verano. Quiero la ingenuidad del cielo que vive mirando arriba, la humildad del cielo que vive mirando abajo y la fe de las hormigas que ha de cambiar el tiempo. Quiero el misterio de la nieve en tu mirada y el deseo que nos tiemble desde adentro.

Y dado que solamente tengo unos años más en esta tierra, a diferencia de todo lo mencionado anteriormente que bien estaban y estarán antes y después de mí, también, todo eso, lo quiero pronto.


No sin antes

Quiero agradecer al dios que pone cada mañana en mi taza, montones de café que me acarician la garganta al despertar. Quiero extender mi más profundo y sentido agradecimiento a las misteriosas fuerzas responsables del movimiento del majestuoso universo, por el simple hecho de haber conocido en esta vida tus ojos y tu voz. Gracias a las energías luminosas, exactas y microscópicas, por la almohada bajo mi cabeza y mi cuerpo sobre las sábanas de cada noche bajo las estrellas. Gracias por las guitarras, por las películas, por los frijoles y las tortillas. Gracias, otra vez, por las hojas de papel y gracias, otra vez, por el papel de arroz. Gracias por la absoluta indecisión de qué libro leer a continuación y por las lunas de todas formas y colores, y a propósito de eso, gracias por las flores. Gracias a lo indescifrable por las velas y por el vino. Gracias por la pasta, por el pesto y por el postre. Gracias por el jabón y por el perdón; por los abrazos. Gracias por el agua cuando es neblina y cuando es mar o hielo derretido. Gracias por dejarme verlo otra vez y por su recuerdo bajo mis pies. Gracias por el nacimiento de tantas canciones en mi presencia. Gracias por aquél jueves bendito y gracias por la lengua.

Y aunque yo sea pequeñita y las cosas que enumero lo sean todavía más, creo que es de auténtica importancia revisar con urgencia la cuestión de para qué estamos todos aquí. Y cuando digo "todos" me refiero a todos y cuando digo "aquí" me refiero al particular aquí donde cada uno se encuentre en este instante. O acaso he incurrido en la torpe equivocación de mal entenderlo todo y deducir que de eso se trataba nuestra existencia: de notar las pequeñas cosas y agradecerlas a quien sea que las haya puesto ahí, a nuestra entera disposición. Siendo así, me retiro; no sin antes ofrecer una disculpa. Discúlpenme.

2:11

Recargo mi barbilla en la mano izquierda. El frío cristal de la mesa me acaricia el codo. Despeinada, de blanco y con zapatos, el segundero me canta mientras yo cruzo las piernas. Con los ojos abiertos sin mirar, tengo un recuerdo breve y sonrío. Son las 2:11 y no he comenzado a comenzar.

Media hora

El sábado en la noche pasó algo que, aunque lo había imaginado durante meses, jamás pensé que sucedería. Me senté en la puerta principal de la casa mis padres y lo dije. Descalza y con las uñas de los pies pintadas de naranja, como la culpa que sentía en el centro de mi pecho retorciéndome el esófago y algo más. Las uñas de las manos pintadas de rosa como las que vivieron hace poco en la mesa de mi casa. 

Preguntaste cosas, yo te las respondí. Esta sensación de robarle la inocencia a quien me la dio. Y supe que la vida no se trata de pedir perdón ni pedir permiso, ni mucho menos: se trata de estar y de compartir, mientras se pueda estar y mientras se pueda compartir. Debajo de la piel estamos todos desnudos. Porque la muerte nunca llega a tiempo y menos si ya está amenazando. Nada más. Si yo me voy mañana... o tú, habremos sabido que hubo amor y nos vamos a ir de este mundo sabiendo que una mujer fue valiente. 

Te pusiste las manos en la cara, yo supe que no había palabras, que no había abrazo, que no había tierra que llenara ese abismo que se abría. Y nos interrumpieron como siempre se interrumpe la vida cuando está pasando. Quise ser la hija que nunca tendré. Quise ser la madre que nunca seré. Y honré nuestra fragilidad, honré nuestra humanidad porque no pude hacer otra cosa.

Fue en día de muertos y, para respetar el día, mucho de nosotras murió. Y me sentí tan sabia y tan pequeña. Tan fuerte y tan desnuda. Quise plantar un árbol en tu cama y regarlo con mi llanto descosido. Quise salir corriendo y quebrarme para siempre. Quise amarte y reclamarte. Te dije que todo estaba bien aunque yo misma no sabía quién era. No es lo que nadie esperaba pero es lo que es, tan real como la piel quemada. Con ganas de gritar pero morir ahogada de silencio. Con ganas de no entender pero respondiendo preguntas para que entendieras. Supe que la verdad es sólo eso: un fragmento. Me temblaron la voz, las manos y el alma. Y te miré a los ojos mientras tú -ojalá dios sepa- qué pensabas. Hablaste de la importancia de las cosas y de la distracción de la vida. Abracé en mi pecho tu fragilidad en silencio. Ofrecí al cielo disculpas por tu soledad. Me pediste que dejara de fumar y te prometí que lo haría. Y hablamos de mi padre. Hablamos del mundo en el que nací y el mundo en el que vivo. Qué distintos son. Te dije que soy feliz. Sonreíste resignada.

Se me cayó el mundo mientras a ti se te reventaba el universo. Pero ya sabías, al menos eso dijiste. Nunca le agradeceré al escenario que no ayudó, pero sí agradezco a la vida y a la verdad, que aunque no entienda, pude, quise y se dio. Porque así tenía que ser. Porque eso me enseñaste, no a mentir, no a esconderme... menos de ti. Me sudaban las manos pero me abrazaste y abrasaste. Me quieres, lo dijiste. Y yo te creí porque también te quiero.

Estoy rodeada de reinas. Es todo lo que sé. Después de esa media hora, lloré dos noches y un día completo y aunque no pueda saber más, hoy sé eso.

La mujer de las botas

Jueves. La mañana fría de una noche pésima. Intenté trabajar pero fue inútil. Mi propia voz me delató. Esta batalla me está matando. Luego pensé en escribir aquello que debo escribir, pero tampoco pude. Me sentaba y me ponía de pie sistemáticamente como jugando un juego macabro de ansiedades y hacinamiento interno. Dos son demasiadas personas dentro de este cuerpo y como unos gemelos a punto de nacer, ya no cabemos. Me sucede seguido que sólo quiero terminar el día. Como sea. Pasar las horas como pasar las hojas de un cuaderno usado y mojado con las lágrimas del cielo; con agua de lluvia, pues.

Me cambié de habitación y encendí la gran pantalla para ver si me distraía cuando de pronto me comenzaron a temblar las manos y no hubo suficiente aire en el mundo que alcanzara mi respiración. Empecé a sudar dentro de mi ropa en una mañana nublada en la que apenas llegábamos a los doce grados centígrados. Permanecí en silencio y encendí un cigarro y un café solamente para no tocarlos. Me metí a bañar con agua tan caliente que me quemé la espalda y mientras sentía la piel arder, sólo pude pensar en mí. Me vestí como si el universo dependiera de ello y desayuné como si nunca quisiera volver a probar bocado. 

Tomé las llaves, salí de casa y comencé a caminar sin rumbo. Di vuelta a la izquierda y luego a la derecha con el paso firme de quien tiene claro a dónde va. Por supuesto, no era mi caso. Yo solamente era el fantasma con pelo mojado que caminaba entre la mamá que recogía a su hija de la escuela, el hombrecito con camisa de cuadros que iba en bicicleta y el sospechosísimo tipo que hablaba por teléfono en un rincón mientras colgaba su existencia de un puro hediondo junto a una pared de piedra.

Me zambullí en el movimiento de la ciudad y veía en mi mente pasar tanta gente. Pensaba en rostros que algún día significaron algo más que un bonito recuerdo, incluso, pude escuchar algunas voces y risas. Pasé frente a un cristal -creo que era la ventana de un gimnasio- y vi mi figura encorvada como la de quien quiere cargar el peso de la historia con la ridícula fuerza de sus propios hombros.

Y de repente pensé en ti. Últimamente, todo el tiempo estoy pensando en ti pero lo hago como quien está acostumbrado a un sutil olor en el aire y no como quien siente el impacto de un golpe en la piel. Y entonces pensé qué pasaría si yo te contara todo lo que me pasa. Y entonces volví a pensar en qué pasaría yo te contara todo lo que me pasa. Cómo lo haría, qué dirías tú, qué pasaría después. Y no supe, no supe y otra vez no supe. 

Varias cuadras después, ya había entrado en calor y mi bufanda comenzó a estorbarme. Mi cara estaba enrojecida y mis ojos mojados muriendo por abrirse en llanto. Pero no. Tres semáforos después, me di cuenta que estaba caminando en la avenida equivocada y que no me estaba dirigiendo a la librería como yo creía. Pasando un puesto de flores, encontré una iglesia en la esquina. No sé porqué, entré. Cinco almas más el señor que acomodaba la alfombra roja, me acompañaban en silencio. Me senté en una de las bancas de atrás como si estuviera en un salón de clases. Y noté los techos altos y dorados, las figuras de porcelana o de quién sabe qué, sufriendo y mirándome desde lo alto. 

Hoy salí de casa y me convertí en esa mujer de las botas y chamarra café que caminaba por calles ajenas y a la que a leguas se le notaba que si no encontraba su lugar en el mundo, mucho menos iba a encontrar un lugar para sentarse a llorar.

Como sea, tienes razón con lo que dices de los secretos. Y yo tengo razón cuando te digo que no lo mereces. 

Anoche

Anoche perdí dos batallas contra un mosquito pero no fue por eso que permanecí despierta hasta las cinco de la mañana.

Pestañas mojadas

Que no puedo dormir y que la noche me llena de ruidos la ventana y el pecho. Que mis ojos no me piden permiso para ponerse a regar y que los ríos acaban haciendo laguna en mis orejas mientras yo miro con detenimiento qué tan blanco es el techo de esta habitación. Que el café ya no es lo que era y que hace más de un mes que no bebo vino. Que ya me cansé. Que vivo con los pies descalzos y las pestañas mojadas. Porque sí, porque no: porque me duelen las piernas, porque me duele el miércoles y porque me duele lo que te duele a ti. Que aquí nos escuchamos los silencios y que mi garganta escriba todo lo que no me atrevo a decir.

Hace días un para qué me empujó de la cama y todavía me duele el golpe que me di contra el suelo. Tal vez caí más allá y habré tocado algún infierno. Que ya no quiero aguantar, que ya no quiero poder, que ya no quiero pensar en un futuro que no'más no llega. Que el vacío lo ha llenado todo. Porque nos acostumbramos con facilidad, porque nos faltan héroes. Porque no tenemos memoria y el mundo me da asco. Que toda verdad trae una mentira detrás, como un papalote con su humano en tierra.

Que no sé cuántos años, que no sé cuántos libros, que no sé cuántos rostros, qué no sé cuántas mudanzas ni cuántos pares de zapatos más. Que no sé cuántos intentos más estoy dispuesta a hacer. Al menos hoy estoy segura que ninguno. Que lo muy imposible no existe y que cuánta parafernalia barata y podrida. Que alguien me susurre en el oído un para qué verdadero. 

No es cierto, mujer, esta vez no puedo, ¿y sabes? tampoco quiero poder. Yo, después de tanto huracán, ya tendría que haber llegado a algún lado; lo cierto es que soy la misma, la que no sé quién es. Las palabras se secan y las personas se asustan; y para el caso, es igual. Está todo al revés, están todos lejos. Dan ganas de hablar con algún extraño en algún parque en algún país en algún mundo. 

Este año no quiero que llegue el invierno. Si no soporto las pestañas mojadas, mucho menos congeladas.

No te preocupes

Tienes razón pero no te preocupes: tarde o temprano la vas a perder.

Esta mañana

Esta mañana
un para qué me tiró de la cama.
"¿Para qué?", le pregunté desde el suelo.
Otra vez no me respondió.

Por fin

Siento que voy a reventar por dentro.
Y que voy a hacer un reguero de tripas y llantos.
Que van a acabar dos millones de palabras embarradas en la pared.
Y que por fin se desharán los nudos en mi garganta.
Por fin.