La alberca de palabras

Ahí. De espaldas, con el pelo largo, mojado, lacio y de un color más claro. Sin canas todavía. Con una blusa blanca de algodón sin mangas y unos jeans; descalza. Iluminada por los rayos de un tímido sol que no pide permiso para entrar. Mal sentada con un pie arriba de la ergonómica silla de trabajo, apoyando un codo en la rodilla y rascándome la cabeza con la mano derecha; agitando el pelo... como para que se seque. De frente a un sobrio escritorio donde como un diamante en un anillo de compromiso, sólo hay una hermosa computadora gris. Una lámpara de piso grande y metálica. Un tapete de colores, que parece más un sarape que otra cosa, tirado en el piso. Libreros habitados por una comunidad hacinada de libros de todos tamaños, colores, olores, personajes y escenarios de todos los tiempos. Un gran ventanal sin cortinas que invita a verle lo verde al mundo, una viejísima máquina de escribir y un balcón lleno de macetitas. Afuera, llueve con sol. Corre el aire y huele a incienso. No sé en qué ciudad vivimos; tal vez en ésta, tal vez en otra. Cuadernos abiertos, un silloncito individual en el rincón, curiosidades de otros países. Una pared azul claro y fotografías sin marco pegadas en los muros. Letras, letras, letras. Unos lentes, muchos lápices, hojas de papel, una impresora desconectada. Una taza enorme de café humeante, vigas de madera y un techo a desnivel. La alberca de palabras. El quirófano donde nacen las historias. El mundo de la gente que no existe. El espejo donde me miro yo.

Tuve una visión de mí. 
Voy para allá.

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Y eso sentí.

Una barbaridad

Vengo rápidamente a decir una barbaridad más y prometo que termino y me largo: el amor no duele.

Duelen las expectativas, duele el apego. Duelen las promesas que no podemos cumplir y los nidos de desilusión que le tejemos en las ramas. Duelen las retículas donde queremos meterlo, duelen las firmas en los contratos. Duele el ego, duele el abandono, duele el fin. Duele el futuro cuando nos juramos parasiempres. Duele el control, la fantasía, el miedo... ¿pero el amor? 

Deja de decir que el amor duele... cuando lo que te duele tanto es tu tanta humanidad.

Ya. Me largo.

Alguna fría sala de cine

Me extraño sola en alguna fría sala de cine cualquier de la semana con los pies arriba del asiento, hecha bolita en mi butaca. Me extraño sola en alguna fría sala de cine perdida en una historia que nadie -que no sea yo- escogió para zambullirse. Me extraño sola en alguna fría sala de cine sin pensar en absolutamente nada mientras afuera... llueve. Me extraño sola saliendo de alguna fría sala de cine sin poder ni querer compartir lo que acabo de vivir.

La pregunta eterna


El amor no tiene que ser eterno para ser real. 
El amor no tiene que ser eterno para ser hermoso. 
¡El amor no tiene que ser eterno para ser amor!

Lo único que el amor tiene que ser es amor. 
Y lo único que es eterno es lo eterno...
hasta que ya no.

¿Cómo jurarte eternidad 
si no soy mas que un instante?

Lo cierto es que no

Después de acabar sin piedad con las nieves en cono -yo de coco, él de zarzamora- y de haber entrado a una tiendita que más bien parecía una cápsula del tiempo -o lo que imaginación dictó como la desordenada herencia de un viejito achacoso y amante de la lectura y las chácharas-; nos pusimos a caminar un rato por el parque.

La lluvia nos había dejado una tarde fresca, tranquila y nublada. No había tanta gente en la calle y el escándalo que suele habitar esos espacios de lunes a viernes, estaba descansando. Andaba por ahí el sujeto sosteniendo sus 50 globos de colores esperando vender alguno, andaba la gente paseando al perro y los niñitos aventurándose encima de sus triciclos. Andaba el tipo hablando por teléfono, andaban las ardillas en los árboles. Y andábamos nosotros.

Caminamos un buen rato, tanto, que llegamos al otro extremo del parque y nos detuvimos ante esto:


Así nomás, pintado en una barda en plena vista. La sensación fue la misma de cuando se encuentra un billete  de bajita denominación tirado en la calle. De sorpresa, de atracción, de mirar de reojo a ver si nadie nos miraba mirar y de reaccionar rápido.

Las piernas que volaban, brincaban o bailaban eran lo primero que se veía. Nos acercamos en automático para descifrar las letras: "todos somos iguales, todos somos iguales, todos somos iguales". Una y otra vez, como mantra. Una y otra vez, como plana. Una y otra vez como estribillo.

Y pasaron las horas y se hizo de noche y luego se hizo de día otra vez y mi vida siguió su predecible curso. Normal. Y yo seguí pensando en esta fotografía que tomé. Porque por más que nos guste pensarlo, por más que nos guste repetirlo, por más que nos encante ondear esa bandera con la garganta desgarrada de tanto gritarlo a los cuatro vientos... lo cierto es que no. No somos.

Y qué bueno.

Un caprichito

No puedo creer que una naturaleza que fue lo suficientemente creativa como para pintarnos el cielo de colores por la mañana y por la tarde y bañarnos la cabeza de estrellas cada noche; una naturaleza que inventó seres tan inverosímiles como los pulpos, las nubes, los alcatraces y los jaguares; una naturaleza de la que crecen árboles del suelo (¡árboles del suelo!), que inventó los tornados y las tormentas de nieve, en la que el mar tiene voluntad y vida propias; una naturaleza en la que maravillosos olores, texturas y criaturas están cambiando a cada segundo en cada rincón del mundo... sea la misma naturaleza que no pudo encontrar para nosotras otra pinche manera de avisarnos que no estamos embarazadas. Ése fue el capricho en la pieza maestra de esta directora creativa. Y el mío es creerlo así.

Escucha

Una imagen dice más que mil palabras.

Escucha:


Una novela francesa

Aunque sí hay elementos que se rescatan; en general, podría decirse que no me gustó Una novela francesa. No sólo me parece una novela francesa -con lo que hubiera podido seguir viviendo mi vida como hasta hoy-, sino que me parece una novela francesa, y para franceses, exclusivamente. 

La historia daba para mucho más; le faltó talento. Me pareció molesto tener que estar leyendo referencias en francés en una de cada tres palabras y esos continuos saltos en el tiempo... no sé, totalmente forzados. El autor se pasa un libro entero debatiéndose entre que no se acuerda de su infancia y escribiendo 200 páginas de sus recuerdos de la infancia. Quiere ser radical y se contradice, dice una cosa y hace otra. Reniega de sí mismo y alega estarse buscando. Para mí, que ya se encontró y que no le gustó nada lo que halló. 

La frase que rescato para futuras referencias, aparece casi sin querer queriendo en la página 32: "Es curioso que cuando alguien grita ´¡sálvese quien pueda!´ todo el mundo salga corriendo. ¿Acaso no se puede uno salvar quedándose?" Pero no. La respuesta es obvia.

Es el segundo libro que leo de Frédéric Biegbeder y con el primero (13.99 euros) y gracias a mis años en el mundo publicitario, me identifiqué en casi todo menos en el extremo pesimismo de quien lo escribió y en el constante y sonante chillido de todo-el-mundo-es-una-gran-mierda-gigante-y-no-vale-la-pena-vivir-así. Lo que creo es que el autor está seriamente deprimido y no ha sido diagnosticado con la propiedad que merece el caso. También me parece que tiene el ego más grande que la nube de smog que cubre el Distrito Federal y poblaciones circunvecinas y una patética arrogancia que arrastra bajo sus mimadas y carísimas pantuflas. Es un pretencioso burgués resentido con la burguesía, alguien nacido del confort despotricando artificiosa  y sobre-producidamente contra el mismo. ¡Vaya novedad!

En fin. De cuando en cuando también es lindo leer a alguien que te provoque decir: si este grandísimo hijo de puta pudo escribir un best seller y convencer al mundo de que era escritor, ¿por qué yo no?

"Mi libro ya está terminado. 
Ahora sólo debo comenzar a escribirlo."

Compasión

Nadie sabe del fondo del plato más que la cuchara.
A veces toca ser la cuchara y saber... 
a veces no. 

(Compasión).

De generación

Que yo sepa, la mayoría de mis compañeros de la secundaria hace años están casados. Algunos más -los menos- separados, otros más, ya divorciados. Muchos ya tienen un hijo, otros tienen dos y una más ya con tres... ninguno del mismo papá. Muchos niños muy bonitos han traído al mundo, dignos de salir en el periódico cada domingo. Una se fue a vivir a Alemania, otra hace su maestría en Harvard. Una se fue a cazar ballenas al Mar de Cortés y otra se fue a cazar millonarios a Monterrey. Una chocó su camioneta y se deshizo un brazo; otro se deshizo cada hueso de la cara arriba del ring. Hay quienes pagan una hipoteca y hay quienes heradaron yates. Hay quien nunca se desprendió del desierto y hay quien se ahogó en algo. Alguien se fue a vivir a Miami y alguien le da la vuelta al mundo en una mochila. Alguien tuvo que irse y alguien tuvo que volver. Alguien puso el cuerno y alguien quitó la demanda. Alguien se fue a vivir a La Joya y alguien siempre fue una joyita. Alguien salió del cáncer y alguien salió del closet. Alguien se fue al mundial en Sudáfrica y alguien más se fue 2 kilómetros más allá del carajo. Yo aquí pensando en ellos. ¡Y saber que no hemos cumplido ni 30!

 Aquél día todos éramos unos niños que, a la cuenta de tres,
sonreímos para la misma foto de generación.

Además y sobretodo

Lunes después de estar ocho horas completas detrás de mi escritorio, después de una junta de hora y media que sucedió sin contratiempos, sorpresas o ataques; después de salir a las siete en punto para encontrarme con una lluvia deliciosa sobre la ciudad, llegar a mi departamento, aventar la bolsa en la mesa, encaminarme firmemente hacía la cocina a prepararme una cerveza con mucho clamato y mucho limón y bañar en salsa un plato de papas, quitarme los zapatos, la blusa y los pantalones, quedarme en ropa interior -que además hace juego-, darle el primer y largo trago a mi bebida y enchilarme el labio superior gracias al picante gringo en ella; me dejo caer en el sofá y me dejo abrazar por este brevísimo instante de felicidad. Porque además, mañana es martes y no se trabaja... y además y sobretodo, porque te estoy esperando.

No todo

Una empresa en la que hay que pagar 322 pesos mensuales por el derecho de utilizar el estacionamiento para venir a trabajar. Una empresa donde no hay cafeteras, ni comedor, ni áreas comunes. Una empresa en la que, cuando me voy, tengo que guardar mi computadora bajo llave en el cajón -porque no vaya a ser- y llevar mi celular conmigo cada vez que voy al baño -por la misma razón-. Una empresa en la que dure lo que dure el viaje -de trabajo, obviamente- sólo te reembolsan 414 pesos de viáticos. Una empresa en la que te dicen que tu credencial de acceso no es tarjeta checadora... y te mienten.

Esto no lo dice todo pero sí dice mucho, ¿no? 

Aquí trabajo.

Somos casas

Llego a tu casa y me pides que pase. Nos sentamos en la sala. Me muestras tu colección de objetos, algunas fotografías, escuchamos música. Me fijo en la mesa de centro, en el tapete y la lámpara. Me cuentas la historia de ese cuadro que tienes colgado en la pared y de lo que planeas hacer con ese mueble viejo que está en el rincón; que lo quieres retapizar, dices. ¡Cuánto ha crecido esta planta hermosa! Te acompaño a la cocina y, mientras nos sirves algo de tomar, me pides que saque unos limones del refrigerador. (Qué lugar tan íntimo el refrigerador). Después, me muestras el nuevo color del que pintaste la pared en tu recámara y ahí están tus almohadas, conteniéndote tantos sueños. ¡La vista que tienes desde tu ventana! Si has bebido, es posible hasta que abras el cajón donde guardas los calcetines y me muestras aquellos que están agujerados... jugueteando meterás tu mano en el calcetín y sacarás los deditos por los orificios por los que han pasado el tiempo y los pasos. Qué bonito edredón, ¿dónde compraste ese espejo? Entro al baño para lavarme las manos y ahí están tu cepillo de dientes, la toalla con la que te secas el cuerpo todas las mañanas y el piso de la regadera. "Vamos al jardín que quiero mostrarte algo..." Y recorro tu casa como si fuera la mía. He estado ahí tantas veces por tantos años que me parece un espacio propio.

Depende de la casa y su estructura pero en todas hay un ático, una bodega, un sótano. Un cuartito, aunque sea un cajón. Ese lugar en el que vamos guardando aquello que nos va parece inútil, feo, vergonzoso. Lo descompuesto, lo pasado de moda, lo roto, lo sucio. Lo que no sabemos dónde poner, lo que ya no va, lo que no queremos que nadie más vea ni conozca. Lo que queremos olvidar, lo que escondemos. Al ático. Y no hablemos jamás de eso.

Y se va llenando de objetos de todos tamaños, colores e historias. Rincones que se van empolvando, que -mientras abrigan un húmedo olor a guardado- se van volviendo cada vez más oscuros y son habitados sólo por las pequeñas arañas que van tejiendo sus hilos en las esquinas del techo. Ni quien las moleste. Años que no se abre una ventana, años que no entran ni el aire ni la luz del sol. Los que me gustan menos son lo que, aunque están a la vista de todos y ocupan casi un lugar central en la casa, tienen cadenas y candados en la cerradura. Ésos que tienen la puerta trabada, oxidada, casi podrida; con dos o tres cerrojos de alta seguridad. 

Somos casas. Todos tenemos rincones empolvados. La cosa es no fingir que el ático no existe. 

¿Saben qué extraño de la adolescencia? Las confesiones.
Esto de crecer, se va llenando cada vez más de lo no-dicho.
@nereisima


El problema es que prestamos muy poca atención
a las cosas que no se dicen.
@SrTijeras

63 caracteres

_ Sé perfectamente cómo llegué aquí. Lo que no sé, es para qué.