Agosto es una carretera

Ambas cosas surten en mí el mismo efecto: agosto y las carreteras. Me pongo reflexiva y neutral. Me acomodo, evalúo y mi perspectiva cambia. Me tomo el tiempo. O el tiempo me toma a mí. Disfruto el camino y paso divirtiéndome por donde sea que esté pasando. Y aunque no sepa con exactitud cuánto falte, sé que he de llegar a algún lugar. Debe ser el cumpleaños que me está renovando la madurez y que me hace mirar por las ventanas. Que me hace sonreír a escondidas, hablar de lo que nunca hablo y cantar más fuerte de lo normal. Y disfrutar la velocidad. Debe ser agosto que, para mí, siempre es una carretera.

Sexo, (drogas) y roncanrol

Hoy es el lunes después de la sobredosis. Hoy hubo que pagar la cuenta, la factura pendiente. Malditas drogas. Acabo ansiosa, destruída, con las ojeras en las manos y siempre con ganas de más. Poseída y hecha pedazos. Incapaz de responder por mí. Con el sistema nervioso colapsado y síntomas evidentes de una intoxicación de la que apenas me estoy recuperando cuando ya quiero más.

No se puede dejar de consumir consumiendo, eso me queda claro; pero desde el miércoles, esto es el colmo. No he dormido, he comido mal, se me olvida tomar agua y apenas puedo cargarme el cuerpo. Y aquí estoy, haciéndolo de nuevo: inyectándome las letras que escribo, aspirando películas y vino tinto, fumando largas pláticas y tomándome pastillas de cerveza, ron y fútbol. Poniéndome música nueva debajo de la lengua, bebiendo nicotina, enrollando café y vomitando conciertos en vivo.

Benditas drogas que alivianan la existencia. Las mías son ésas. Todas legales, afortunadamente... pero drogas, al fin. Y yo aquí, con sobredosis y sin saber dónde se rehabilita uno de esta asquerosa adicción a la vida, de estas ganas de más. Perennes e insaciables.

Un fin de semana memorable que se llenó de excesos desde el miércoles. Pinche junkie de mierda que soy. Y dicho esto, sólo resta decir lo siguiente: que vivan el sexo, (las drogas) y el rocanrol.

Fue domingo

El 22 de agosto del año pasado fue domingo y yo amanecí en Playa del Carmen. Decidí que iba a pasar mi cumpleaños en la Riviera Maya y, como todo lo que se me mete en la cabeza y está bajo mi control, así fue. Ese día, fue el primero de 8 que estuvimos por allá.

Una semana completa -de sábado a sábado- con el mar tratando de salarme la sangre y el color del agua imprimiéndoseme indeleblemente en la mirada. Fueron días de agua, sonrisas, vino blanco y pirámides prehispánicas. De barreras de coral, viento húmedo, talco de arena en las sandalias y bronceador entre los dedos. Días de estar, durante horas, despeinadas y tumbadas sobre nuestras espaldas buscándole forma a las nubes mientras nos pasábamos innumerables tragos de cerveza fría entre los labios. Días de contarnos historias insospechadas en azoteas con hamacas rojas y carcajadas que seguramente se escucharon en altamar. De parapentes de colores, salvavidas, albercas, pecas nuevas y ceviche fresco. Así fue. Hermoso. Fue como deben ser los viajes de despedida, los puntos de partida, los abrazos simbólicos y "finales". Fue como tienen que ser los cierres... que acaban siendo inicios. Hermoso.

El 24, el día de mi cumpleaños, cayó en martes pero yo celebré toda la semana. Recuerdo que aquél día el sol brillaba con toda su fuerza y rebotaba en mi espalda que, a propósito, estaba puesta, dispuesta y desnuda para recibirlo. En bikini, de panza y con las nalgas al aire. Recuerdo que en cuestión de minutos, el cielo se cerró y sin previo aviso, comenzó a llover como sólo puede llover en El Caribe: como si tuviera que caer todo de una. También recuerdo que minutos después volvió a salir el sol. Como si nada, le creímos como la primera vez. Recuerdo mirar el azul, abierto e inofensivo, y recuerdo caer, por segunda vez, en la trampa de la luz. Niñitas ingenuas y citadinas que no aprenden nada. Nos mojó otra lluvia y cuando por fin paró, nos vestimos, tomamos nuestra dignidad -que escurría- y nos fuimos caminando sobre una callesita empedrada. Yo, en algún punto de ese caminito, volteé hacia atrás y vi el arcoiris más hermoso que haya visto en mi vida. Enorme, brillante... y mío. Estaba vivo y yo también. Fuimos nuestro regalo mutuo de cumplaños. Y la fotografía que le tomé fue mental y eterna.

Se terminó la semana el día 28. Nos sacudimos las vacaciones y nos subimos a otro avión que nos dejó reanudándonos la vida en Guadalajara. Ya sin bronceador entre los dedos, sin hamacas en azoteas y sin ningún arcoiris cuidándonos los pasos.

Vivía en otra ciudad, en otro departamento. Ocupaba otro escritorio en otra oficina en otra empresa en otra industria. Mis ganas de levantarme de la cama, muchas veces se quedaban dormidas. Mis días eran otros y la gente que los llenaba, también era otra. Las cosas que me flotaban en el pensamiento, hoy me resultan ajenas, lejanas y hasta deformes. Como de otra vida, como de otro mundo, como de otra yo. Traía la incertidumbre enredada con la decisión en los bolsillos de mis jeans llenos de agujeros y de historias. Había tocado fondo y lo único que quería era moverme. Y me estaba enamorando de ti. Por aquellos días, apenas empezabas a llegarme. Ayer despertaste en mi cama. Largos caminos que se recorren en un año.

Hoy no he visto el mar y del Caribe... nada. Pero ante esta vista, no puedo más que asombrarme de lo que la fuerza del cambio y un poquito de confianza pueden hacer. El 22 de agosto de este año es lunes y yo amanecí -con otra vida- en la Ciudad de México:


Una de tantas

Ahora estoy pensando que una de tantas diferencias entre la gente normal y la gente que escribe, es que a los primeros se les atoran las historias en la punta de la lengua y a los segundos en la punta de los dedos.

... Y me tiemblan las manos.

105 pesos y 7 minutos

Caminaba el domingo mirando los dedos de sus pies que se asomaban a través de sus sandalias. La ciudad se le estaba colando por los poros y ninguna de las dos tenía prisa. Era una de aquellas tardes en las que hasta el sol tenía ganas de meterse en la cama. Soplaba el viento fresco y se escurrían los últimos rayos perezosos por entre el algodón con que el cielo se viste algunas veces.

Se acercó al mostrador de la farmacia de la esquina y pidió lo que necesitaba. La encargada que la atendió puso, una arriba de la otra, las dos cajitas de cartón sobre el mostrador de cristal y le preguntó si quería bolsa, a lo que ella respondió que no. Pagó, agradeció y salió. Esperó que el semáforo cambiara a rojo y -no sin echar un rápido vistazo hacia la izquierda- cruzó la calle hasta llegar al camellón. Saludó brevemente al hombrecillo y dejó que sus ojos encontraran lo que buscaban. El silencio en aquél lugar no era más que una lejana utopía... como la soledad. Volvió a pagar, volvió a agradecer y cruzó la calle de regreso. Desanduvo el camino hasta llegar a la puerta de cristal donde tocó el timbre. Volteó por encima de su hombro y cruzó su mirada con un joven, sentado en la acera de enfrente, que la veía fijamente. Ella, frente a la puerta de cristal, miró sus manos y repentinamente se volvió conciente de lo que sostenía.

Unos segundos más tarde, él apareció del otro lado del cristal y le sonrió. Sacó su llave, abrió la puerta y la besó, abrazándola por la cintura. Ella recargó su mejilla en el pecho de él, mientras él le besaba la frente. Cuando se separaron, se volvió a mirar los dedos de los pies.

Él la tomó de la mano y la jaló delicadamente hacia adentro del edificio. Ella, discretamente, se volvió buscando con su mirada al joven del otro lado de la acera pero ya no estaba.

- "¿Qué traes ahí?", le preguntó.
- "Sólo esto", respondió ella levantando su mano.

Él mostró media sonrisa. Cómplice condescendiente.

Entraron al elevador y después al departamento.

De las tres cosas que compró, sólo necesitaba dos. De la otra, prescindía... si es que puede ser posible prescindir de un deseo.

Compró cigarros, condones y flores. Y justo antes de que llegara él a abrirle la puerta, ella escondió lo primero, guardó lo segundo y apretó con su mano lo tercero.

Pero no en ese orden.

O sí.

Contigo, de ti, a ti

Contigo no voy a tener cuidado.
[...] si tengo cuidado es que tengo miedo.
Y si tengo miedo jamás podré amarte.

Página 180

"Aprendió a vivir con la verdad. No a aceptarla, sino a vivir con ella."

La historia del amor
Nicole Krauss
Página 180

Actas

Al nacer, alguien va al registro y nos da de alta.
Al morir, alguien va al registro y nos da de baja.
Ni una ni otra podemos hacer por nosotros mismos.

Vivimos en un mundo
en el que existimos y dejamos de existir
sólo si hay alguien que esté ahí para constatarlo...
y conseguir(nos) un acta.
14 de agosto, 2011

(Arrepentirse)

Arrepentirse es jugar a dios
y desear poder alterarlo todo.
Quirúrgica y tramposamente.
Es quedarse colgado en los renglones
de lo que nunca se escribió.
Volverse loco por una fantasía
y escupirle en la cara a lo real.

14 de agosto, 2011

Far beyond

No soy una persona de las mañanas y jamás lo he sido. "Not a morning person", diría cualquier anglosajón. Eso de abrir las ventanas y saludar con una enorme sonrisa al señor sol para recibir sus primeros rayos de luz y escuchar los pajarillos trinar... nomás no es lo mío. Yo, todo lo contrario. El esfuerzo más grande que hago cada día es salir de la cama y arrastrar el alma hacia el chorro de agua tibia que sale de la regadera. Es hasta después de las diez -y con la correspondiente dosis de cafeína paseando por mi sangre- que me siento completamente activa, despierta y lista para enfrentar al mundo. Nunca antes.

Mientras, ando por ahí, limitando el número de palabras que pronuncio, la expresión de mi rostro se vuelve toda neutralidad y las demostraciones de afecto o cortesía son prácticamente nulas hasta pasada dicha hora. Si dormir fuera negro y estar despierta fuera blanco, yo me paso dos o tres horas grises cada día. En fin, culpo a mi madre -y que conste aquí- por heredarme su neurosis matutina. Por poner en mis genes esta cosa de necesitar el silencio, de que el cerebro no arranque, de que la piel no despierte, de valorar hasta niveles incomprensibles el espacio vital y además de todo lo anterior, defender este derecho humano de amanecer nefasta.

Ese jueves, como todos los demás días de mi existencia, amanecí con resaca vital. Pero era un jueves especial, uno testarudo y mucho más fuerte que yo. Pasaban las horas pero no pasaba la sensación. Ya tenía toda la mañana lejos de las tibias sábanas de mi cama y seguía igual... o peor. Ya había desayunado y bebido café. Estaba en el trabajo, sonaban teléfonos, llegaban correos, había que ir a junta y mucho qué hacer. El mundo demandaba de mí y yo con la vida entumida. Sin reaccionar, sin sonreír, hablando lo menos posible y sin establecer ningún contacto aceptable con ser alguno que rondara mi existencia.

Lo que quería era llorar. Lo que quería encontrar una canción y quedarme a vivir en ella todo el día. Lo que quería era un abrazo y después quedarme sola. Meter mi cara entre mis manos y que nadie me viera a los ojos. Postergar todos mis quehaceres ejecutivoficinescos y dedicarme a deshacer el nudo que cerraba mi garganta. Y a pesar de que todo estaba "bien", yo tenía ganas de que alguien me dijera que todo iba a estar bien. Y tenía ganas de creerle.

This goes beyond not being a morning person...
Far beyond.

Agua fría

A veces quisiera que todo saliera mal, generar una mala noticia y que fuera verdadera y la recibieras tú. Y que el día que te enteraras, yo estuviera ahí -como testigo invisible- para ver la expresión de tus ojos; tu sorpresa, tu shock.

Tal vez y sólo tal vez, pensarías: "me hubiera gustado estar, compartir, acompañar... sólo para que el final del camino no hubiera sido un baldazo de agua fría".

Yo asumo, tú asumes. Yo supongo, tú supones. Y pensamos que nada cambia... aunque bien sepamos que no es así. Y vamos construyendo la ilusión de que lo que es, seguirá siendo. Y no: de este lado, cada vez más parece que no.

Y es de las dos partes. Para acercarse, se necesita uno; para estar lejos, se necesitan dos. La diferencia es que a mí sí me duele, a mí sí me gustaría que fuera distinto y que no hubiera, al final de ningún camino, ni una complicidad oxidada ni una gota de agua fría sobre nuestras cabezas.

Estas cosas

Esta cosa de no querer. Esta cosa de no ver por dónde o para qué. Estos dedos que no saben qué teclear y este tiempo que se va haciendo menos. Este agujero lleno de nada. Esta falta de... Este dudar hasta de las dudas. Estos nudos, este aire denso, este lodazal, este "no". Aquellas pequeñas grietas que se hicieron rupturas y hoy son imponentes abismos. Éstos abismos para encarar el vértigo. Estas ganas que se fueron de vacaciones y no se molestaron en regresar ni para renunciar. Esta culpa que no es culpa, pero parece. Este olvido colmado de recuerdos. No es que no sepa qué decir, es que no sé si quiero decirlo. Pero así son estas cosas.

Atajos hermosos

Pareciera que lo que hay que hacer es aferrarse a toda costa. Pareciera que el precio a pagar es y siempre ha sido "cuesteloquecueste" y hay que pagarlo porquesíynolemuevas. Ser feliz no importa. Lo que importa es no perder, no soltar, no rendirse. Porque la paz no es indispensable. Porque las ganas se van y hay que aceptarlo. Porque la rutina, el tiempo y los planes nos ganan la carrera, ¡y ni hablar! Porque hay que dolerse y demostrarlo -a gritos, de ser posible-. Porque si amar no es sufrir entonces quién sabe qué sea. Pareciera que hay que estrellarse contra las paredes, rasgarse la vida, morir en el intento y retorcerse de dolor. Y al final, sentirse muy, muy culpable por no haberse retorcido lo suficiente. Y luego que ya no haya nada que hacer, meterse las manos en los bolsillos, hacerse la vida miserable, ver el suelo indefinidamente y patear botes hasta que ya no queden pies ni para caminar. After all, no pain, no gain. Quién sabe, en una de esas, volvemos.

Si el jarrón se rompe, pues pégalo. Y una vez que el pegamento seque bien, asegúrate de poner el lado resquebrajado contra la pared para no estarle viendo las rupturas cada vez que accidentalmente pases por ahí. Cómprale unas lindas flores de colores y no lo vuelvas a tocar jamás. No sea que ahora sí se rompa definitivamente.

Hay que compartirlo todo, fundirse con el otro y ser uno sólo. Hasta que no haya más terreno que el que tenemos en común. Hasta que no seamos otros que los que somos juntos. Menos que eso, no vale, no es suficiente.

Imprímete tanto en mí que acabes por cambiarme. Y al final de los días, cuando decidas que no te gustó tu creación y que me prefieras como era antes de ti, dime que algo cambió, que ya no soy la misma y que ya no te quiero como antes. Dime que algo se rompió e invítame a la tienda a comprar pegamento para el dichoso jarrón. ¿Quién lo paga?

Y es que hay que ver lo lindo. La historia, lo construido, el futuro -hipotético, nublado y feliz a partes iguales-. Eso es en lo que hay que fijarse... ¿y lo demás? Bueno, con lo demás aprendemos a vivir porque a fin de cuentas nadie es perfecto y dios nos libre de estar solos. Más vale pájaro en mano, lo sabemos bien. Además, el amor se transforma y tiene muchas etapas... de las cuales en muchas, pareciera ser cualquier otra cosa menos él mismo. Pero eso es lo de menos, hay que hacer como que no nos damos cuenta.

El conflicto es normal. La comunicación es difícil. Hay que ceder y hacerle creer al otro que él tiene el control, que lo necesitamos hasta para respirar, que sin él la vida no tiene sentido. Hay que hacernos indispensables para que no se vaya, porque al menos, ya lo conocemos y podría ser mucho peor. Y terminar agradeciendo que esto no es una tragedia.

La tranquilidad es desinterés. La incertidumbre es falta de compromiso. La honestidad ha de ser suavizada. "Dile la verdad pero que no se de cuenta", "pídele su opinión pero has lo que quieras" y "hay que poner mucho de nuestra parte todos los días".

Hay opciones que jamás deben ser consideradas, aunque existan y sean. (Como la de no estar). Y, claro, siempre vendrán tiempos mejores. Porque las mejores relaciones se construyen en la adversidad. Y es que si no es así no hay manera de que las cosas funcionen... y pues no, God forbid us.

Me retuerzo como ostión vivo y crudo bajo un chorro de jugo de limón cada vez que todo esto se me vuelve propio. Cada vez que me hablan mis mujeres y me dicen estas -que para mí- son barbaridades medievales, es como si me hablaran en chino mandarín, como si me quisieran meter en un cajoncito en el que para caber, hay que descuartizarme.

Y es que para mí, la valentía y la fuerza no están en quedarse ahí a romperse la vida cuesteloquecueste. Y es que para mí, la felicidad sí es indispensable y el amor debería ser lo más fácil de hacer. Y es que para mí, hay paz en cualquiera de las opciones... ¡porqué sí hay opciones chingadamadre! Y es que para mí, el mundo no se acaba. Perdón pero no se acaba. De verdad que no.

Algo entendí mal. Estoy segura. En algún lugar del camino me perdí. (Y este atajo que encontré, ¡está hermoso y desierto como ninguno que hubiera transitado antes! Me asusta pero me gusta).

Maybe I am the fucking problem, after all...

Un arte lejos de ser dominado

Yo con un paraguas soy solamente un estúpida con un paraguas. Con él, debajo de él, dentro de él... una estúpida. Me declaro perfecta y absolutamente inútil e incompetente cuando de estos artilugios de la vida moderna se trata.

He aprendido en esta ciudad capital que es importante tenerlos y no sólo eso (if only!); sino que hay que cargarlos y no ir olvidándolos por ahí; y tampoco sólo eso, sino que hay que saber usarlos, hay que saberse con un paraguas. Apenas caen las primeras gotas de lluvia y lo mío se vuelve un lamentable intento de consecuencias funestas y sin vuelta atrás. En otras palabras, una pena.

Uno ha de aprovechar sus trayectos a pie como mejor le plazca comprometiéndose a cabalidad en nobles actividades como fumar, hablar por teléfono o escuchar música. Cuando empieza a llover y uno tiene que sacar su paraguas y el dilema comienza más temprano que tarde. ¿Con qué mano se sostiene? En mi caso, mi mano derecha es por naturaleza más fuerte y hábil que la pobre zurda, pero si lo sostengo con la diestra -que no diestramente- quedo prácticamente invalidada para todo lo demás. Ahora bien, si lo sostengo con la izquierda, mi mano derecha quedará libre para sostener un cigarro, buscar las llaves o ir resguardando mi bolsa, pero el paraguas irá tambaleándose a la menor provocación de los vientos y de mis vaivenes entre los charcos, coladeras, banquetas y demás trampas mortales que voy encontrando por el camino. Amén del cansancio de la bendita floja mano.

Hace unos días creí que había descubierto el tan buscado hilo negro cuando después de una larga caminata bajo la lluvia, iba yo grácilmente sujetando mi paraguas con la mano izquierda y apoyando su estructura tubular ligeramente contra mi clavícula, mientras que con la mano derecha sostenía de manera delicada y elegante un cigarro. Casi como francesa del siglo XVIII en su enorme vestido pomposo, a excepción de la nacionalidad, la época, la vestimenta y claro, la habilidad. En fin, hasta traía puestos mis audífonos y todo en su lugar. Y justo cuando creí dominar el arte (¡porque lo es!), la vida me sometió sin clemencia alguna. Fue patético.

La inclinación del paraguas sobre mi cabeza y la gravedad haciendo su trabajo, llevaron chorros de agua hacia la parte de atrás de mis piernas: toda el área de las rodillas para abajo quedó empapada en un santiamén. El cigarro terminó siendo un angustioso rollito de tabaco empapado y mi bolsa, que cuelgo siempre del lado derecho, acabó siendo el contenedor de la sopa de mis objetos más indispensables. Rectifiqué la marcha, me deshice de los componentes electrónicos en mis orejas y cambié de mano. Sostuve el tubo con la mano derecha y llovía de tal forma que el instinto me invitó a bajar la sombrilla y ponerla lo más cercana posible a mi cabeza. Otro error. Esta mecánica es ideal en una isla desierta, no en la Ciudad de México. La sombrilla estaba tan abajo que limitó mi visión y me estrellé de frente con otro incauto que seguramente, también vendría malabareando su propio artilugio. Bajo un paraguas, hasta los corazones más grandes se vuelven egoístas y olvidan la existencia del mundo entero. Lo digo yo.

Si pasaba el paraguas un poco al frente, me mojaba las nalgas. Si lo pasaba para atrás, los zapatos empapados. Si lo ponía de un lado, protegía mi bolsa pero no mi hombro, mi brazo y mi otra mano. Si lo subía, se volaba. Si lo bajaba, chocaba con alguien más.

Finalmente y como pude, llegué a mi auto. Abrí la puerta trasera, cerré el paraguas y lo aventé con desdén sobre el suelo de la parte trasera. Mojando en este momento la única parte que quedaba seca de mi cuerpo, mi cabello. Me subo al asiento del conductor y hago velozmente el recuento de los daños: completamente empadada.

Amo la lluvia con toda la fuerza que me da haber nacido en el desierto y lo único que vale la pena de abrir un paraguas bajo una torrencial, es el sonido que hacen las gotas al reventar, como kamikazes, una a una contra la
tensa e impermeable tela. Y dada la forma convexa (¿o cóncava?) del mecanismo, la privilegiada acústica que se genera dentro de él, es estar en primera fila en el hermoso concierto del agua y mojarse los pies, la ropa y el alma, es sólo un pequeño, pequeñito precio que pagar.


25 tips para joderse la vida

  1. No se crea merecedor de nada "bueno". Por contrario, siéntase culpable. El pretexto que elija no es importante, la clave aquí es la culpa. Siéntala, hágala suya, créasela. Pero si le pasa algo "malo", eso sí se lo merecía. Autosabotéese.
  2. Piense de más y sea fatalista. Evalúe mentalmente todos los ángulos de cada situación y engánchese siempre con el escenario menos favorable. Después, exagérelo y pretenda que está sucediendo ahora mismo. No se desgaste contemplando soluciones, no existen.
  3. No se permita sentir. Bloquee, niegue, embotelle, minimice y/o invalide cualquier sentimiento. Éstos sólo lo distraerán y volverán débil, vulnerable y patético.
  4. Jamás se pregunte qué quiere o necesita y, si por accidente lo descubre, ignórelo. Haga siempre lo que deba, nunca lo que quiera.
  5. Complíquelo todo, la practicidad no es deseable. Hasta la situación más sencilla, con un poco de su talento, puede resultar tremendamente compleja. Hágalo.
  6. Sea creativo: si no hay problemas reales, invéntelos.
  7. Postergue, lleve las cosas al límite; asegurando así el incremento en la tensión y las posibilidades de que todo salga mal, es decir, bien. Sentir que ya no puede más es una buena señal.
  8. Evite a toda costa las cosas que le gusten, le alimenten y le provoquen cualquier tipo de sentimiento agradable y/o gusto por la vida. Si encontrara una de estas cosas, corra inmediatamente en dirección opuesta, no mire atrás y no se detenga.
  9. No se cuestione. Acepte como única verdad todo aquello que ya sabe y que ya es.
  10. Tómelo todo personal. Sienta que todas y cada una de las personas que le rodean la están persiguiendo, criticando y/o atacando constantemente. Vuélvase loco con esto.
  11. Resienta y reviva sus recuerdos dolorosos cada vez que le sea posible. De preferencia, hágalo en soledad y en silencio.
  12. Tenga miedo, mucho miedo. Encuentre razones para estresarse, angustiarse, desconfiar, temer... y después, obsesiónese con esto y siga temiendo.
  13. Hágase expectativas altas e irreales. De esta manera, su frustración estará garantizada y no podrá valorar lo que sí reciba.
  14. No perdone. Por el contrario, cargue y sufra. Sea visionario: envenénese a largo plazo.
  15. Elija un punto en la línea del tiempo -que no sea ahora- y quédese atorado ahí indefinidamente.
  16. Si se equivoca, culpe a alguien más. Jamás admita que fue su error, jamás.
  17. Bajo ninguna circunstancia pida ayuda y mucho menos la de.
  18. Busque alternativas para descuidar su cuerpo, hay muchas maneras de lograrlo. Elija, de preferencia, las que hagan daño irreversible.
  19. Sea negativo, alimente sus envidias y quéjese lo más que pueda, encontrará motivos por todos lados.
  20. Paralícese. No se mueva, apéguese, estánquese. Si siente que le urge un cambio, regrese inmediatamente a los puntos 3 y 12.
  21. Haga dramas, magnifique, invéntese historias y viva acorde a ellas.
  22. Critique despiadadamente a los demás. Si le es posible, también búrlese.
  23. Lo nuevo es malo y raro. No viaje, no pruebe, no intente, no intime.
  24. Entienda lo siguiente: el universo es un ente inferior que todo el tiempo está girando a su alrededor. Usted es el centro, siempre lo ha sido, siempre lo será. Haga de esto último un mantra y repítalo cada vez que se sienta desorientado.
  25. Rodéese de personas que intenten lograr lo mismo que usted y pase el mensaje. No se conforme con joder su vida, joda también las vidas de los demás.