Tengo náuseas

El día que deje ser una imbécil
y me ponga a escribir en serio,
se me van a voltear 
el estómago,
el reloj
y la vida.
En ese orden.

Tengo náuseas.

¿Qué hacen?

¿Cómo hacen para vivir sin papel,
sin tinta y sin grafito?
¿Sin el sonido apasionante
de arrancar una hoja de golpe
y matarla dentro de un puño cerrado?

¿Sin el tac tac tac de un teclado
a media noche?
¿Sin el clic clic clic de un sentimiento
vistiéndose de letras?

¿Cómo pueden no fumar por las mañanas
ni comer con las manos y con la sal?
¿Cómo no abren las ventanas
y caminan con pantuflas?

¿Cómo andan sin dolores de espalda,
con baños de agua fría,
sin manos en los bolsillos,
sin cocinarse los antojos
y durmiendo con una sola,
triste
y anodina
almohada?

¿Cómo viven sin atar
heridas con sonrisas,
poemas con maletas,
nostalgias con canciones,
viernes con cervezas
y adioses con gracias?

¿Dónde se ponen la incertidumbre
si no en la garganta?
¿Dónde se ponen el cansancio
si no en los hombros?
¿Dónde el coraje si no en las piernas?

¿Cómo no explotan
en mil pedazos
y vuelan por los aires
los que no escriben?

¿Qué hacen 
cuando les tiemblan las manos
y
no
pueden
res
pi
r
a
r?
¡Qué hacen!
¡Qué!

¿Cómo andan por el mundo
sin amigos,
sin hermanos,
sin ojeras?
Sin cicatrices ni refugios.
Sin faldas ni perfume.
Sin pan con mantequilla.
Sin pecas en la nariz.

¿Cómo se ponen de pie
sin otoños nublados,
sin invierno en el desierto,
sin locuras nuevas, 
sin calendarios viejos,
sin distancias,
sin sopa
y con ropa?

¿Cómo viven sin pisar la tierra, 
sin arrancarse un grito,
sin subirse a escondidas a la azotea
y abrazarse de sorpresa por detrás?

¿A dónde corren?
¿Dónde lloran?
¿Lloran?
¿Con quién?

¿A dónde van si no a unas manos,
a una playa,
a una pregunta,
a un cuello,
a otro país,
a otra cama?
¿A dónde?

¿Cómo permanecen quince años en un trabajo,
veinte en una casa,
treinta en una ciudad
y cuarenta en un amor?
¿De qué están hechos?

No entiendo.
No imagino.
No alcanzo.

¿Cómo será estar
en el mundo
y no ser
yo?

Regálame una noche


Regálame una noche: no vamos a dormir. 

Anda, ven.

Sólo nos tocaremos lo que pueda ser tocado con la mirada y con la voz. Me voy a morder los labios si se me quiere fugar un beso; pero si la vida no tiene garantías, yo menos. Hablaremos hasta que se nos seque la noche. La música la sirves tú. El vino lo sirvo yo. Báñame con tu voz, cúbreme con tu búsqueda, búrlate de la prisa. Y ven.

Juro decirte la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. 

Ayúdame. Voy a necesitar que hagas preguntas. Hazlas todas. Empieza por las más urgentes que tengo comezón debajo de las uñas, promesas arañándome las costillas y amores viejos acariciándome la base de la espalda. Tengo cadenas de plata en los tobillos que amarran recuerdos que nunca sucedieron, ganas guardadas en el ombligo y su olor escondido detrás de las rodillas. Su risa, el bosque, el frío, los pies descalzos, el agua caliente en la regadera, el peso de su cuerpo, la cicatriz de su boca, el salmón con ensalada, el agua de piña, aquél jardín y esa pared. Tanta gente. Tantas vueltas. Tantos objetos. Tantas ciudades de piel y asfalto.

Apúrate, por favor, que me quiero confesar. Necesito abrirme la piel y contártelo todo ya, todo a ti. No voy a ocultarte nada. Será una confesión en la que nadie estará de rodillas y nadie pedirá perdón. Será sólo así. No, créeme: no es valentía, es urgencia. Vamos, carga una pregunta en el revólver y apúntame en la sien. Dispara de una vez. Que dice la luna que el reloj no se detiene. Y esta noche mañana acaba.

Regálame una noche: no vamos a dormir.

(¿De qué estarán hechas las estrellas que siempre nos quieren desnudar por dentro?)

Me volveré tinta para regarte las plantas de los pies; y de los dedos te saldrán flores de colores, ¿te imaginas? Seré el humo que respires la próxima vez que llores, el deseo que te comerás a cucharadas antes de irte a trabajar. Me voy a volver la oscuridad de tus ojos cerrados para que nunca puedas volver a dormir sin mí. Le soplaré el polvo a mil historias y te las encajaré entre el pecho y el alma. Voy a mostrarte garabatos que construyeron sus casas en otros mundos: en tres o cuatro servilletas viejas en la periferia de hace como siete años. Llévate cada palabra que me atreva a pronunciar y guárdalas bajo tu cama; ellas asustarán a los monstruos que te asustan a ti. No diré ni media mentira, pregunta lo que quieras. Los nudos en mi garganta, llévatelos. Desenrédalos y téjete un paraguas para las noches de tormenta. Voy a poner las dudas en el florero de la entrada para que cuando llegues, te reciban en la puerta. Voy a perfumar el aire con la tierra fértil que sembraré en el huequito de tu clavícula. Voy a dejar un escalofrío en el cajón de tu ropa y un secreto de arena en tus zapatos. Te va a molestar cuando camines y te vas a acordar de mí. Te conjugaré un millón de verbos en cuatro idiomas, robaré la cuarta cuerda de tu guitarra y te haré un barquito de papel con mi acta de nacimiento. Ese barco sabrá volar. De mí no quedará nada, todo lo tendrás tú.

Seré tuya cada minuto de cada segundo de esa luna y cabrán tres otoños en esas sombras. Voy a desdoblar cada centímetro de mi historia y te la pondré con cuidado sobre las piernas.

Cuando salga el sol, después de tomar café caliente y cargado, en silencio y en ayunas; me abrazas, te abrazo y nos decimos adiós. Nos vestimos de distancia y olvido. Corremos en direcciones opuestas y no nos volvemos a ver jamás. Yo fingiré que las cosas se despiden y tú fingirás que no me fui contigo. 

Si tú me regalas una noche, yo te lo regalo todo. 

Y si eso no es hacer el amor, yo ya no entiendo nada.

¿Cuánto mides?

De altura, 1.69. 
Pero depende; 
si estoy triste, un poco menos.

Estupideces

Un día alguien me dijo que celebrar la fecha del propio nacimiento era absurdo y ridículo porque qué mérito tenía un hecho meramente biológico como nacer. Que no se pide, que no se busca, que no se logra. Nomás se llega. ¿Por qué me felicitas por haber nacido? No seas estúpida. ¿Por qué me regalas algo 30 años después de un suceso que jamás recordaré? No es más que reproducción desafortunada y sistemática, sólo sucede. No hay razón para celebrar nada. No seas estúpida. Felicita a mis padres, en todo caso, ¿yo qué?, prácticamente no estaba ahí... no seas estúpida.

Le hablé de magia y de misterio y le dije que lo que se celebraba no era el nacimiento sino la vida, el encuentro, estar aquí... (o allá, pues). Naturalmente, no lo convencí. Ni en un millón de vidas lo hubiera logrado. Pasaron unos meses más y jamás lo volví a ver.

Jódete y feliz cumpleaños. Vive, no seas estúpido.

La primera escala

Me iría contigo al fin del mundo, guapo.
Pero me invitaste a Tepoztlán.
Y claro que vamos.
Tal vez sólo sea la primera escala.

A partes iguales

No me pasa nada, pero absolutamente nada que no le haya pasado a alguien alguna vez. Y es medio decepcionante y medio liberador a la vez. A partes iguales.

Ficción absurda y ridícula

Hoy hubiera querido cenar con mis padres. Un martes cualquiera. Yo hubiera llegado antes que ella pero él ya hubiera estado ahí. Llegar de la oficina y dejar el hartazgo al lado de los zapatos, por ahí, muy cerca de las escaleras. Aventar la bolsa, escuchar el silbido y sentir su beso tibio... que me preguntara cómo fue el día y que me viera la mirada al responder. Yo haría un comentario sarcástico y él sonreiría como niño sorprendido. Veríamos un ratito la televisión, uno que otro comentario aspaventoso de cómo es que el mundo se nos vino al carajo... algo del campo, algo del consultorio, algo de la universidad y escuchar sus llaves sortear la chapa... "ya llegó tu madre". "¡Hey!", diría ella. Llegaría jugando con su respiración y zapateando su ritmo retumbando todos los ecos de la casa. Algo arreglaría en el camino: un cuadro, una vela, algo fuera de lugar. Contaría un par de aventuras y luego diría que todo está bien. Él comenzaría con los preparativos en la estufa como si nadie hubiera comido en meses. Él de pie y nosotras sentadas atacando el plato. El ruido de los hielos, del agua, de la puerta, de todo. El perro del vecino. El vaivén de sus rostros, los olores familares, la escena que nunca sucedió. Los dos me besarían en la frente antes de irse a dormir y yo me quedaría leyendo. Apagaría la lámpara y después de lavarme el día de la piel, me metería en las sábanas tensas, frescas y deliciosas.

Cosas hoy indispensables

Un tubo de metal para meterlo entre los engranes del reloj.
Un machete recién afilado para cortar la masa de tiempo en pedacitos.
Una caja de madera, clavos y un martillo;
para meter todos los pedacitos
y enterrarlos en la arena de algún mar.
Un cerillo para prender la mecha
que prenda una bomba
que haga estallar por los aires
el montón de mentiras que compré.
Una botella de vino para beberla un jueves por la mañana.
Un foco fundido para cumplirme un capricho.
Plastilina para volver a jugar.
Un costal para guardar las estrellas que alumbraban el cielo
el día que nací.
Un riesgo, para pegarlo con saliva a una moneda
y todo jugármelo en un volado.
Otra vez.
Una copa de cristal para ponerla en el altar
donde van los sueños.
Silencio, para romperlo a gritos y carcajadas.
Agua caliente para tallarme lo triste de la piel.
Unos huaraches que me lleven al camino que me lleve a mí.
Mucho papel y mucha tinta para estar conmigo.
Mucho verde y mucho azul para curarme un golpe.
Una película para verla ahora.
Y tres noches sin sus días para ti.

Es vacío

Ahora estoy pensando que, a veces,
uno se va y se queda.
Se va sin llevarse.
Se queda aunque ya no esté.

Porque sí.
Porque hay muchas maneras de estar
y tantas más de irse.
Porque las cosas empiezan a acabarse
antes de que acaben de terminar.

Es fácil.
Es vacío.

¿Entonces cómo me despido
si ya no estoy?
¿Cómo digo "adiós"
si ya me fui?

La línea que me cambió la vida

Deber ser.

Y cuidado, que ando con pluma en mano.

Cláusula de inclusión

No todo lo vertido aquí es verdad.
Pero tampoco es mentira.

Son burbujas de jabón que se rompen en el aire
justo en el instante previo en que voltees y alcances a mirarles.
Es comenzar tejiendo una bufanda 
y acabar pasando el invierno debajo de un edredón
de maravillosos hilos tibios.
Es un grito bajo el agua.
Una lágrima en la lluvia.
Una piedra en el centro de una pirámide.
El reflejo de tus pupilas en una cuchara metálica.
El aire que te despeina.
La mancha indeleble que dejó un objeto que ya no existe.
Un temblor de manos que no puedes disimular.

Es la piel. 
De mi piel para adentro, yo.
De mi piel para afuera, tú.
Y ahí, en la piel, nosotros.

Así aquí.

Una noche

Me dio insomnio
en la piel
de la garganta,
por dentro.

Lloré, 
canté,
hablé sola,
fumé,
me rasqué el cuello,
hundí la cara en la almohada
y grité,
hasta ver el sol...
otra vez.

Nada mal

Mi madre parió tres mujeres. A la primera, le gustan las palabras; a la segunda, la música; a la tercera, los colores. Me parece que mi madre, a decir verdad, no lo hizo nada mal.

La seguridad

Viviré en un departamento que será mío en algún piso nueve de algún desarrollo inmobiliario nuevo por la zona. Cien metros cuadrados, elevador con espejos, lindos acabados, pisos de madera laminados, cocina perfecta, vista increíble y dos baños... completos, claro está. Estacionamiento sólo para un auto porque acá el verdadero lujo es el espacio. Terminaré vendiendo mi camioneta y comprando otra más grande, más linda y más nueva pero no la usaré porque la empresa me habrá dado un auto como prestación. Mi closet estará lleno de sacos de colores neutros y sobrios, lleno de suéteres de cuello alto, lindos zapatos y cinturones delgaditos. Ni rastro de las playeras, las botas y los tenis. Bajaré de peso y me empezarán a doler cosas que nunca antes. Envejeceré prematuramente pero seré puntual para comprar mis cremas antiarrugas: seré siempre la última clienta en la tienda y tendré prisa por el resto de mi vida. Las cortinas de mi recámara tendrán black-out y aún así, tendré que tomar vino tinto casi todas las noches para poder dormir.

Me llegarán bonos de productividad cada septiembre y cada marzo, más todo lo demás cada diciembre. Mi cuenta de ahorros crecerá y no sabré en qué gastar el dinero porque ya todo estará calculado. Conoceré un país distinto cada año y nunca podré estar fuera de la ciudad por más de cinco días hábiles. Me ausentaré las mismas tres semanas cada año, una de ellas, en abril y la usaré para ir a la playa; Cancún, seguro. Se harán abuelos, se harán viejitos, y yo iré a ver a mis padres sólo en Navidad. No veré crecer a mis sobrinos pero siempre les llevaré regalos. La mayoría de mis amigos desaparecerán porque me volveré irreconocible e inaccesible. El teléfono sonará a todas horas y trabajaré algunos sábados y domingos porque las urgencias nunca habrán dejado de urgir. No me importará. De cualquier manera, después de correr en el parque, no tengo mucho qué hacer los domingos por la mañana. 

Llegaré temprano a la oficina, me iré tarde; casi nunca saldré a comer. Siempre a merced de lo que diga el señor director general. Me terminaré acostumbrando al café soluble, a comer en mi lugar, a las juntas a las nueve de la noche, al subdirector y su corbata, al aire viciado de la oficina y a ese lenguaje técnico del que antes, hace años, tanto renegué. Hablaré inglés todos los días y mis colaboradores me respetarán. Me volveré una sofisticada burócrata, capitalista y gris. En mi escritorio habrá flores pero serán de plástico. Conoceré cada resquicio de cada proceso de cada producto de la compañía. Generaré muchos millones de pesos, iré a viajes con los proveedores y me habré vuelto dura. A fin de cuentas, ya no me importa lo que los demás piensen de mí, soy su jefa y si no les parece se pueden ir; que a mí nadie me ha regalado nada.

Un sábado por la mañana en mi departamento, acomodando mis papeles en la otra habitación, me tropezaré con una carpeta negra; la abriré y veré mi título. Me preguntaré para qué diablos hice una maestría en comunicación y cultura. Mi librito estará acumulando polvo en un rincón pero ni siquiera lo tomaré entre mis manos, ni siquiera lo hojearé. Tú, serás el más hermoso de mis recuerdos y ellos, el más sublime de mis sueños. 

Una noche de verano, al salir de la oficina, lloverá tanto y tan fuerte que se hará un embotellamiento terrible a unas cuadras de mi departamento. Solamente los relámpagos podrán iluminar a voluntad la ciudad. Yo vendré escuchando por la radio las noticias nacionales en su emisión nocturna. De pronto, empezarán a temblar mis hombros, apretaré los puños sobre el volante y comenzaré a llorar. Se me hundirá el pecho y la cara se me llenará de maquillaje escurrido. Apagaré el radio y escucharé el sonido de los limpia-parabrisas en su vaivén. Me faltará el aire y abriré un poco la ventana. Me mojaré el hombro izquierdo y no podré parar de llorar. Agacharé la cabeza y las lágrimas mojarán mi falda negra. Sólo el ruido de la lluvia pegando contra el cristal podrá aislar el ruido de mi llanto. Nadie me verá. Me presionaré las sienes con los pulgares, se me hincharán los ojos y enrojecerá mi cara... y por fin me atreveré a decirme en un susurro casi imperceptible "perdóname". Algún frenético tocará el claxon detrás de mí, yo levantaré la mirada y seguiré conduciendo hasta llegar a casa.

Al día siguiente tendré una junta a las ocho de la mañana a la cual llegaré quince minutos antes; y no, no podré perdonarme.

"A la mierda la seguridad, flaca.
Ésa no eres tú..."