Entre las 2 y las 3

Me pediste que lo escribiera y aquí está. Lo que dije entre las 2 y las 3 de la tarde de hoy fue: "Tú y yo venimos de otro lado. Y lo que creo que venimos a aprender es que hay cosas que no se sueltan. Y no porque después no fuéramos a encontrar nada bueno sino porque no íbamos a encontrar nada mejor."

También dije otras muchas cosas pero esas no me pediste que las escribiera en ningún lado ni que te las repitiera en 10 años más. Ahora procederé a tratar de olvidarlas.

One day


- "I wonder how many rules we broke."
- "All of them... except Scrabble."
- "Tomorrow maybe."

- "Whatever happens tomorrow, he had today."

Juégatela tú

En pocas palabras, lo que dices es que este tiempo ha estado increíble, que has aprendido muchísimo de mí, que te he sacado de un auténtico purgatorio, que nos hemos divertido como si no hubiera mañana y que no cambias por nada todo lo que vivimos -que no fue poco-. Pero... PERO, que por ahora quieres estar solo. Que no has acabado de cerrar tus historias pasadas, que apenas estás disfrutando, que no estás listo para pensar en dos y que hace mucho no te concentras en ti y sólo en ti.

Luego entonces, después de cuatro meses de ir y venir, después de cuatro meses de todo lo que no voy a explicar aquí... de señales confusas, de guitarras, de agua, de carcajadas, de persianas cerradas y sábanas mojadas; la cara de tus padres, tus hermanos y tus mejores amigos, dices... "¡Quisiera! Qué más quisiera que llegar con la vida resuelta en un blanco corcel, la seguridad en la mano y una grandiosa propuesta pero no. No puedo, no hay tal y lo siento".

Y lo respeto. Duele pero lo hago y me muerdo las ganas y lo hago. Por los dos. Tú quieres estar solo, está clarísimo. Yo cierro la puerta y te dejo ir. A que estés solo. Ah, pero qué radical. Ah, pero qué pragmática eres. Ah, pero no puede ser posible, no sabía que fueras tan fría, te endureciste. ¿Qué no sientes nada o qué? ¿Por qué no me contestas el teléfono? Te extrañé en la fiesta del sábado. Estoy triste...

Entonces vuelvo a hablar contigo. Te contesto el teléfono en un impulso y escucho lo que tienes que decir. Me pides que te espere. Así de inmaduro y egoísta como suena, así es, así eres. Que me lance un clavado contigo a unas aguas oscuras y tenebrosas, en las que bien podría caer mal y lastimarme el cuerpo de por vida. Dices no tener miedo y ser muy valiente pero no te atreves a saltar de verdad. Lo que quieres es chapotear mientras dure. Me dices que hay muchísimos grises entre el blanco y el negro y te indignas por mi determinación. Me dices que no entiendes mi puerta cerrada y mi contrariedad entre absolutos. Hablas de cariño y de otras tragedias. Pero entonces inicias conversaciones y no las acabas. Pero entonces te mando mensajes que no respondes. Pero entonces te hago preguntas que evades con bromas ridículas y absurdas. Haces planes y me incluyes como queriendo decidir el lugar específico de la mesa en el que me voy a sentar en tu fiesta, pre-colocándome en tu vida. Y me haces dudar. Me haces cuestionar mi congrencia y mi respeto; mi practicidad y mi claridad. Mi resolución. Me lo llenas de niebla todo. Y me haces decir "bueno, tal vez tenga razón y..."

Me pides que me la juegue. ¡Que te espere! A ver si un día... a ver si un día decides que siempre sí quieres estar conmigo. Que ya te diste cuenta quién soy y que no te puedes permitir perderme. Que ya lo pensaste bien y que siempre no quieres salir solo en las fotos. Eso puede o no suceder, lo sé, lo sabes. Puedes resolver esto rápido o puedes quedarte ahí años. (Yo misma me quedé ahí años). Puedes conocer a alguien más mañana o puedes soñarme todas las noches y desear amanecer en mi cama. Me pides que me la juegue porque para tí es comodísimo y sobre aviso no hay engaño. Tú ya dijiste tu verdad y lanzas la bola a mi lado de la cancha. Que decida yo.

¿Pero y si yo te lo pidiera? ¿Y si yo te dijera "juégatela tú"? Que mañana conozco a alguien y acabas por no ser nadie. Que al rato se me acaba el encanto y de pronto ya no necesito verte ni me importa qué estás haciendo. Que el siguiente domingo en la mañana, le estoy preparando un café a otro alguien. Arriésgate, suéltame, juégatela. Que llegue alguien más que sí pueda verme, que llegue alguien más que sí esté seguro, que llegue alguien más que no quiera estar solo. Cualquier cabrón de la calle, cualquier extraño en el elevador, cualquier amigo del amigo el sábado en un bar de la Condesa. Juégatela tú y márcame en seis meses a ver si te contesto... a ver qué estoy haciendo y a ver con quién.

Qué irresponsabilidad, qué egoísmo, qué inmadurez. Y qué manera de hacerme dudar. Que te duele ser el olmo al que le pidan peras, ¡pero tú lo provocaste, tú querías llegar acá! Tú llegaste con tu cerveza esa noche y dijiste lo que dijiste. Y ahora dices: "no, a mí no me da miedo el golpe, a mí no me da miedo el riesgo... sólo quiero estar solo". OK, porque la miedosa soy yo, porque la que no expone soy yo. Por no seguir aguantando y por no esperar hasta que se te hinche un huevo. Qué chido lo vives.

¿Y luego? ¿Qué hago dudando? ¿Qué hago aquí escribiendo estas tonterías? Juégatela tú. Yo... ya sabemos qué es lo que puedo perder y un poco perdido ya está. De aquí te veo. Vas.

Porque es tradición

Hay algo macabro en las tradiciones. Algo oscuro y digno de profunda sospecha. Como esa materia que se quema en esos contenedores de plata en las iglesias y que agitan en monótono vaivén frente a la audiencia como con ganas de hipnotizarla. ¿Qué será lo que estamos respirando? ¿Incienso, copal, opio? ¿Mierda carbonizada y aromatizada? Quien sabe pero nadie se va, todos se lo fuman sentaditos en sus bancas porque estamos en misa y así es, ¡uno no cuestiona a un sacerdote, por los clavos del cristo! "Oiga, disculpe, ¿qué es ese humo que nos está lanzando en la cara? Estoy un poco inquieta por eso, ¿me podría explicar?..."

Hay algo macabro en eso que repetimos sin cuestionarnos y donde incluso, nos atrevemos ingenuamente a depositar nuestra identidad misma. "Es que es tradición", repetimos como autómatas sin conocer las raíces, los motivos, las tergiversaciones, ni nada. Porque perdón, pero sí hay algo weird & heavy en lo que viene repitiéndose en automático, generación tras generación, imprimiéndose en las almas herederas que empieza siendo una heróica carrera de estafetas y acaba siendo un patético juego de teléfono descompuesto.

Porque así ha sido, porque sí, no preguntes, no te metas, chingado; ¿para qué quieres saber? Hazlo, carajo, ya, y no la estés haciendo de pedo. Porque aunque posiblemente algunos incómodos y con reservas, aunque posiblemente algunos con mejores ideas, con dinámicas más acordes y más coherentes; más actuales y con más sentido propio potencial; nadie se atreve a desafiar en voz alta, nadie se atreve a proponer algo distinto, a generar algo nuevo, nadie se atreve a romper la burbuja que nos hace tribu... porque no, porque compartir la misma tradición es lo que nos hace grupo. Y sin un grupo uno no puede hacer nada en la vida entonces más vale que te calles y ni te metas, eh.

Hay unas tradiciones hermosas, no lo niego. Hay unas impresionantemente mágicas, cuando se sabe el origen y la razón y se hace con convicción y se pone el corazón en ello. Porque una cosa es lanzar piñas al aire y otra muy distinta es representar el compartir la propia cosecha de la vida. Pero también hay otras que francamente dan ganas de dejar de ser mexicana, dejar de ser católica, dejar de ser mujer, ¡dejar de ser! Dan ganas de de arrancarse el apellido paterno y el materno y lanzar el pasaporte, el certificado de bautismo y los girones de piel a una fogata en cualquier playa perdida del pacífico mexicano mientras uno se fuma algo y se caga en su linaje hacia diecisiete generaciones arriba.

El rebelde será un estúpido, un loco, un traidor. Cualquier pregunta es amenaza, cualquier protesta es blasfemia. Porque nunca ha sido cómodo alguien que levanta la mano para hacer una pregunta. Hay que neutralizar al rebelde, a como dé lugar. Porque sí, porque siempre ha sido así. Porque eso también es tradición.

Nota mental

No toda la gente sabe lo que quiere. No toda la gente reconoce lo que quiere aún cuando lo tenga enfrente pellizcándole la nariz. No toda la gente va, se acomoda los huevos, se arriesga y se apropia de aquello que quiere. No toda la gente sabe escucharse el corazón y no toda la gente sabe actuar en consecuencia. No toda la gente se pone en el lugar de otros, no toda la gente se detiene a ver cómo está por dentro y no toda la gente es congruente consigo misma. Hay procesos más tardados que los míos, hay muchos grises entre el blanco y el negro y muchas maneras de mandar algo al carajo. No toda la gente es pragmática emocional y hay de valientes a valientes. Hay agujeros negros, limbos flotantes y eras glaciales. Y sí, no es el hilo negro pero es una verdad: cada cabeza es un mundo. Y quiero aprender el idioma marciano. Creo que ya me jodí.

Una banderita en la luna

Hoy cumplo 1 año viviendo en el DF... y nada, no podía dejar pasar el día así como así. Al menos tenía que escribir esto que no tiene ni tendrá ni fondo, ni forma; ni profunidad, ni superficie; ni pies, ni cabeza; ni cola, ni rabo. Será como la banderita que dejaron esos hombres si es que llegaron a la luna. Un pequeño homenaje a todo lo que significan estas letras; una pequeña señal, de ésas que últimamente faltan tanto; una prueba de vida, de ésas que buscamos darnos diario. Un símbolo para rendirle culto. Le dejo una mentada de madre y un beso en los labios a cada uno de estos 365 días. Un manojo de sentimientos encontrados, una lucha interna, una sonrisa con lágrimas en los ojos, un par de puños apretados y un abrazo de regreso.

Gracias, (pinche) Ciudad de México. Y lo digo con cariño, con sorpresa y con coraje a partes iguales. De ese coraje que, lejos de ser todo enojo, es todo garra. Qué rápido pasa el tiempo en ti. Eres un asco y un encanto. Hueles a mierda y a futuro. Veinticinco millones de solos hechos bola. En ti, todo lo cerca es lejos y todo lo inimaginado está a la vuelta de la esquina. No sé si aquéllos llegaron a la luna, pero sí sé que yo llegué hasta acá. De mí ya nadie te saca, DF. Te quiero y no te soporto.

Ya no me gusta el frío

Ya no me gusta el frío que paraliza, que aletarga, que anostalgia. Ya no me gusta el hielo que debe romperse para empezar cada día. Ya no me gusta la lucha de quitarme la ropa ni la prohibición implícita de andar semidesnuda. Ya no me gusta dormir enrollada, tapada hasta la cabeza, reciclando mi última y tibia respiración. Ya no me gusta huir del viento porque me lastima la piel. Ya no me gustan los músculos entumidos ni los dedos torpes y adoloridos. La piel seca, los labios partidos. Ya no me gusta la piel de gallina si no es de emoción. Ya no me gusta la lengua quemada por tantas bebidas calientes en vanos intentos de quitarme la escarcha de adentro. Ya no me gusta el frío que me hace extrañar. Ya no me gusta el frío que me hace querer abrazos. Ya no me gusta el frío que vuelve inconquistables los espacios y congela y adormece las ganas. El invierno no es bueno para estar sola. Y pensar que apenas inició. Urge que sea primavera. Me urge a mí.

Yo no tengo propósitos

Yo no tengo propósitos de año nuevo. Los tuve y mientras los tuve, los cumplí o hacía como que lo intentaba. Los tuve y ya no los tengo más. Dejé de hacerlos hace 2 años en una decisión personal y conciente de cambiar la fórmula.

Y no tener propósitos también funciona. Funciona quizá más que aferrarse a estar al mando. Funciona quizá más que limitarse a una listita numerada de percepción limitada. Uno puede llegar más lejos si no se pone un tope. Y uno puede quedarse donde mismo si no se pone un rumbo. Entonces que cada quien haga lo que mejor le parezca. Yo paso de los propósitos y me dejo despeinar.

Yo no tengo propósitos: yo tengo amores. Tengo actitudes de vida. Tengo lemas internos. Tengo responsabilidades, tengo creaciones, tengo sueños. Tengo motivos que me cumplen a mí. Y tengo nudos en la garganta, lágrimas en los ojos, una vida entre las manos y mucha, mucha necedad.

Que no somos piedras, dices

Que los dos librábamos la misma batalla. Ambos nos peleábamos contra lo que sentías sin querer sentir. Ambos contra tu deseo, contra tu enojo, contra tu disyuntiva. Tú queriendo defender tu soledad y yo queriendo compartir la mía. Tú diciéndome a mí... tú diciéndome a mí que no somos piedras. Y yo sin saber si reír o llorar, me puse a llorar. Me vendiste una idea sólo para decirme que no creías en ella. Llegaste sólo para decirme que ya te ibas. Y dices que no jugaste. Con tu permiso, yo seguiré sintiendo que sí. Agradezco tu honestidad aunque fuera a destiempo; pudo ser antes, el daño pudo ser menos. Pero no fue, fue así. Hoy, esto es lo que hay. Somos lo que hay y así nos habemos.

Y hoy nos vamos, cada uno por donde llegó. Tú queriendo dejar la posibilidad entreabierta por si un buen día. Yo queriendo azotar la puerta y llenarle de clavos el marco. ¿Qué no sabes cuánto duele estar esperando que alguien vuelva? ¿Me estás pidiendo que me quede colgando de una posibilidad? ¿Y luego qué, cuando me desespere, me columpie en ella? No.

Quisiera hablarte de callejones sin salida, de espejos sin reflejo, de tierra estéril, de relojes en otros tiempos, sábanas frías, ecos de carcajadas y nudos de garganta. De oportunidades que no vuelven y de abrazos que son mundos. Quisiera hablarte de lo importante. Pero porque soy yo la que lo sabe mejor que nadie, soy la menos indicada para hacértelo saber. Ve y vívelo. Averígualo. Eso es lo que quieres. Ve y vívelo. Y hazte responsable de lo que elegiste. Respétate que yo me voy a respetar. Voy a jugar otra vez a la congruencia y no voy a explicarte las reglas del juego. No esperes que haga como si nada. No esperes escuchar mi voz intacta. No esperes miradas viejas, ni sonrisas cómplices, ni bocas que se muerden sus propios labios. No esperes que me siente a esperarte que yo no me espero ni a mí misma. Lo único que sí puedes esperar es lo que tú querías: nada. Ve y haz lo que mejor te parezca. Te creo que me quieres, yo también a ti. Te creo todo lo que me has dicho, te creo por salud propia y en defensa propia. Es cierto que sí te voy a extrañar como también es cierto que no para siempre.

A veces dan ganas

A veces dan ganas de dejar de sonreír. A veces dan ganas de dejar de soñar. A veces dan ganas de dejar de hablar. A veces dan ganas de dejar de buscar el estúpido lado amable. A veces dan ganas de estrellar un millón de cosas contra la pared y dejarlo todo así, roto, hecho añicos por el suelo. A veces dan ganas de mentir por el puro placer de hacerlo. A veces dan ganas de aventar algo por el balcón. A veces dan ganas de aventarse por el balcón. A veces dan ganas de gritar hasta quedarse sin voz. A veces dan ganas de llorar hasta quedarse sin ojos. A veces dan ganas de borrarse la memoria. A veces dan ganas de desaparecer, así nomás... así nomás no volver a volver. A veces dan ganas de burlarse de todo y cagarse en todo. A veces dan ganas de decirle a uno que otro sus verdades. A veces dan ganas de lastimar algo, porque sí, porque se puede hacer y ya. A veces dan ganas de cortarse la piel con una navaja fría y afiladísima. A veces dan ganas de salir desnudo a la calle sólo para ver qué carajos pasa. A veces dan ganas de dejar de buscar un sentido. A veces dan ganas de dejar de creer en el amor. A veces dan ganas de dejar de creer en la vida. A veces dan ganas de no despertar. A veces dan ganas de no levantarse de la puta cama ya nunca más. A veces dan ganas de ser otra persona. A veces dan ganas de no ser nadie. A veces dan ganas de meterse un tiro entre los ojos y darlo todo por acabado ya.

El último día del año

Amaneciste con urgencia de verme y qué bien se sintió. A las tres de la tarde, acordamos vernos a las cuatro. Como niños, como adolescentes obedientes que todo han de hacerlo de día porque para ellos la noche no existe. Salí de mi confort sabatino y empiyamado y me metí debajo del chorro de agua caliente. Abandoné mi guarida oliendo delicioso. Llegué rápido. Las ganas que tenía de que sucediera lo que tuviera que suceder, lo que se veía venir. Tenía que ser ese día. Y que fuera de una buena vez.

Era un día frío, nubladísimo, amenazaba con llover. Un día hermoso. Llegué y ya estabas ahí, esperándome. Frente a toda esa gente, nos dimos un abrazo tan largo que minutos después tuviste que preguntarme si me había quedado pegada a ti. Y te respondí que sí. Nos interrumpieron por una silla y nos separamos. Tú un cafe, yo un té. Salimos a ocupar la única mesa vacía de afuera y nos pusimos a hablar de cosas que ni tú ni yo entendemos ni entenderemos jamás. Por momentos, dejaba de escuchar lo que decías y sólo te miraba... te miraba con mirada de cariño y de duda. Te miraba comprobando que te había extrañado más de lo que me hubiera gustado. Te miraba reconociéndote, intentando saber quién eras. Te miraba para no golpearte, para no besarte, para no acariciarte el pelo y para no salir corriendo despavorida de ahí. Abrazando mi bolsa y cruzando los brazos, subí los pies a la silla de enfrente mientras tú te recostabas cada vez más incómodo en la tuya. Tus piernas encontraron un lugar por debajo de las mías. Descrucé mis brazos y tomaste mi mano. Tomaste mi mano débilmente. Tomaste mi mano apenas tocándola, por impulso, porque estaba ahí, sola sobre mi rodilla. Y entonces me solté. Se terminaron el té y el café y nos pusimos a caminar. Caminamos con risas y sin prisas. Evitándolo todo, hasta que nos acabó el camino y tuvimos que desandar lo andado.

Te besé como si no hubiera nadie alrededor y después te pedí que me acompañaras a comer algo. No fue difícil decidir qué, el antojo ya estaba manifestado. Mientras pagaba lo que iba a comer, me tomaste por la cintura y notaste que bajé de peso. Había menos piel entre tus manos y los huesos de mis costillas. Finalmente, me sirvieron y entre los dos nos comimos mi comida. Fumé. Te llegó un mensaje que cerraste rápido. Guardaste tu teléfono. Supiste que me di cuenta pero seguiste hablando aunque sabías que no te estaba escuchando.

"Tienes cara de que estás pensando cosas serias", me dijiste un momento después cuando por fin decidiste abrir la caja de Pandora. Te correspondía hacerlo.

Y pasó. Y pasó lo que tenía pasar. Se dijo lo que se tenía que decir. Se afrontó. Empezaste hablando tú, acabé diciéndote cómo me sentía. Hablamos de frenos, de golpes, de miedos, de cuatro meses, de un enojo y una inspiración, de cosas impresionantes, de risas, de flores, viajes y familias. Hablaste de procesos y eras glaciales. Hablaste de soledad y finales. "Nadie regala once rosas". Tienes razón. Te aseguré que si alguien en el mundo te entendía, ese alguien era yo. Me vi en ti. Me pediste perdón aunque no tuvieras porqué hacerlo. Lloraste, te abracé. Lloré, me abrazaste. Tuve veinticuatro opiniones distintas en mi mente, acabé optando por la más conguente y cuando ya no había nada más que hacer ahí, te pedí que nos fuéramos.

Me invitaste a donde ibas a estar, te dije que en la noche decidía. Pero ya era de noche. No me di cuenta en qué momento se acabó la luz. Nos levantamos de aquella mesa y comenzamos a irnos... más aún. Nos dimos cuenta que hacía frío. Algo dijiste de que estaba muy seria y yo acabé haciendo un par de bromas para tu comodidad. Me acompañaste a mi camioneta -que sí encontré-, me subí y me fui. Así, sin más. Así, como es. Así, que sea.

El último día del año, se dijo lo que ya veníamos intuyendo: que entre tú y yo, tú preferiste estar contigo.

Y así es como fuiste la última conversación de mi año.

Adiós.

Hubiera también

Una vieja construcción. Hermosa y seductora casa de fachada exterior y puerta de entrada que no saben hacerle ni tantita justicia. Un ligero pero presente aire clandestino que se respira por todo el lugar y un personaje parecido a un mayordomo que te permite entrar sólo si recibe petición explícita. Unos pasos más allá de la entrada, angostas y rectas escaleras que hicieron retumbar el eco de mis pasos. Fue por las tablas huecas, por la altura de mis zapatos negros o por la firmeza de mis pasos. Después, una especie de recibidor. Al centro, un patio interior. No volteé para arriba para corroborar la existencia de un gran tragaluz -naturalmente, la noche no me invitó a buscar el sol- pero firmaría con mi sangre ahora mismo que ahí está. Ventanas, recovecos, cuartos, tapices, barandales. Robustas columnas sosteniéndolo todo. Piso de cuadros como el tablero de un ajedrez que nunca nos dimos el tiempo de jugar. Sillas y sillones de todos colores, tamaños y texturas. Mesas de cristal a la altura de las rodillas, al menos de las mías. Cargadas ligeramente a la izquierda, las que un día fueron unas elegantes escaleras enrolladas que descienden perezosas desde el segundo piso. Como una gordísima serpiente que no puede moverse... pero que sabe que sabes que quiere matarte.

En la planta alta, sobre el pasillo de la izquierda y en la primera puerta también de la izquierda. Antes del baño. La recámara con persianas horizontales, vista a la calle y olor a madera. Los muebles parecían haber estado esperándonos: brillaron y se desempolvaron por magia apenas entramos. La chimenea, vieja como la guerra, te pasó desapercibida. La manija de esa puerta se me imprimió en los parasiempres, pero tampoco la pudiste ver.

De haber sido otras las circunstancias*, hubiera prendido tres velas. Hubiera pretendido que no había gente del otro lado del muro ni mundo al cual regresar. Hubiera hecho de la música un cómplice refugio y nos hubiera abrigado con ella a ambos. Hubiera llevado tus manos a mi cintura y las mías a tu cuello y te hubiera exigido silencio con un beso intempestivo y casi violento que hubiera dejado mi boca irritada por tu barba sin rasurar. Hubiera también...

Ahí. De pie. Los dos. Diciendo estupideces que hoy en mi cabeza suenan como lo que dice quien mete la boca dentro de un vaso de plástico y comienza a tartamudear en hebreo. No decido si es mejor o peor que no pueda recordar qué tanto decíamos. En fin. Nos fuimos. Bajamos por la espalda del reptil abandonando el lugar sin siquiera mirar atrás, sin siquiera volver jamás.

Tú con todas tus malditas prisas y yo con todas mis benditas ideas.

Orizaba 76,
entre Colima y Durango.
Colonia Roma Norte,
Delegación Cuauhtémoc.
Código Postal 06700
México, Distrito Federal.
¿Dónde carajos más?

Notas al pie:
*Por circunstancias me refiero a compañía.
**El ala Sur del recinto permanece hasta la fecha inexplorada.

Can I see it?

I didn't use the book, I made it up.

What is it?

It's people seen from above...
from the sky. See:
These are people walking,
that's a person lying down,
and that's a person standing up
next to a person lying down.
This is me...

and you...

and everyone we know.

Where's dad?

Palabras de carrusel

A John

La cosa es que nos entendemos, mucho más de lo que fuera evidente (entonces y ahora). La cosa es que sabemos tener el corazón en la mano y cuando nos saludamos así -aunque sea a años y océanos de distancia-, no tenemos otra cosa que darnos que no sea justo eso. La cosa es que creemos, creamos y estamos absurdamente vivos. La cosa es el significado que le damos a algo tan absurdo y tan etéreo como estar aquí. Algo ya entendimos, algo ya hicimos bien. Somos felices por costumbre, porque no podemos ser de otra manera. Yo, su pecho colombiano, lo traigo acá, en éste mexicano... "y hágale como quiera." A mí, su mochila naranja cruzada no se me olvida, porque yo tenía una igual y nunca se lo dije hasta hoy. Sólo que la mía era azul, pero eran idénticas: contaban un millón de historias. El eterno inconforme, el espejo rebelde. Lo que no supo usted, fueron las historias completas de los que lo seguimos. Y la mirada que teníamos al recordarlo en aquella acera, lo que sentimos el día que se fue.

Le reclamo un poco al tiempo que no fuera antes, que no fuera en vivo y a todo color. Que no fuera en ese jardín, en esa mesa y en ese vértigo bendito que nos encontró. Que no nos reconociéramos antes para que la complicidad llegara. Yo estaba muy ocupada estando incómoda y usted estaba muy ocupado... haciendo lo mismo. Retando al reloj y al camino. Respetándolos. Abriendo las alas y rascándolas para que no se entumieran. Poniéndole signos de interrogación a los muros que nos rodeaban. Le reclamo un poco al tiempo que tuviera que poner tanta agua entre los dos. ¡Las pláticas que tendríamos por las tardes! ¿Nos imagina tomándonos un café cualquier miércoles cercano? Yo creo que nos perdimos de mucho. Y también creo que no pudo ser de otra manera. Y ahí me peleo conmigo.

¡La cantidad de recuerdos que tengo de usted! Como destellos, como postes de luz que se encienden con el tiempo y que se conectan con cables de complicidad y talento. Entre líneas, entre letras. Su despedida. Inolvidable. Borracho como pudo estar. Y yo... también ahí.

No sé ni qué más decirle, oiga. Es como si una vez más, sobraran las palabras, esas que nos dan o dieron o darán de comer. (Amén.) Es como si otra vez, me dijera con sus 20 años de experiencia y mis 20 minutos de la misma, que admira lo que escribí. Y yo con la piel de gallina sin saber qué decirle. Y usted en cuclillas. Seguramente no se acuerda pero yo sí. No me importa quién hable el mismo idioma, importa quién hable el mismo lenguaje y usted lo hace. Nunca ha faltado ni ha sobrado una sola palabra entre los dos, un sólo saludo, una sola carcajada a distancia, una sola mirada sin mirarnos. Y aunque esté a ciento catorce países de distancia -o los que chingados sean-, sepa que en éste, se le recuerda a diario. Y así es.

Con la absoluta certeza de volver a encontrarlo, sepa que mi sofá naranja está por cumplir tres años. Está hecho un desastre. Aplastado, manchado, sucio y orgulloso. Tengo que retapizarlo. Pero jamás he olvidado que usted tiene uno casi igual, allá en Varsovia. Al menos, del mismito color.

Sus palabras siempre se quedan dando vueltas por acá. Son de carrusel, me acompañan por semanas. Rondando. Todas y cada una. Hasta me dan ganas de pensar que no soy la única estúpida que está tan absurdamente así, viva.

Hasta mañana, pues... cuando mis buenos días sean sus buenas tardes. O mis buenas tardes, sus buenas noches. Le dejo aquí casi toda mi admiración. La demás, la iré dosificando por el camino que nos queda. Que es bastante.

Intactas

Vámonos a vivir a una canción.
Veámonos en una película.
Inventemos palabras que sólo entendamos tú y yo.
Juguemos a escondernos en nuestras miradas.
Encuéntrate en las líneas de mis manos.
Desnudémonos tendiendo nuestra piel al sol.
Hagamos papalotes de sonrisas voladoras.
Regálame (a) una flor.
Caminemos barriendo los pisos de nuestros recuerdos.
Compartamos el fuego y el agua.
Tómame de la cintura y báilame.
Sedúceme todos los porqués.
Miremos de frente a la vida con los ojos cerrados.
Acaríciame los sueños mientras yo te abro las alas.
Conviértete en el mago de mis besos.
Dame un abrazo que me dure toda la vida.

Enamorémonos, pues... otra vez;
que las ganas de compartir las tengo intactas.