Estos últimos tiempos te traen a mí. Hace unos días, hasta escribí un personaje que llevaba tu nombre... pero no te preocupes, me faltaron letras para contarte todo. Si pudiera escoger a alguien en todo el mundo con quien sentarme a platicar ahora mismo, serías tú, sin duda. Podría decirse que te extraño, creo que sí, es eso: te he de extrañar. Un arrebato más, de los ya normales en mí. Curioso porque no nos veíamos tanto así. La cerveza ocasional y el fino sarcasmo. La completa confianza y la lluvia cayendo a cántaros. El tiempo siempre nos dio de menos, lo que se nos terminaba antes era la saliva. La voz, la mirada, las manos, la humildad del que sabe que no sabe, la franqueza del que no se casa con nada, la complicidad, las preguntas. Y hablando de preguntas, me quedará ésa, la de lo que nunca fue. Yo, contigo, siempre fui yo. Toda yo. Y tú, siempre lo entendiste. Gracias por eso. Ahora sé que no es tan fácil de encontrar. Te quiero.
LAAA diferencia
Ser digno de confianza hasta demostrar lo contrario.
No ser digno de confianza hasta demostrar lo contrario.
He ahí toda la diferencia.
Bienvenido sea usted, pasajero, al Distrito Federal.
Gracias por volar con nosotros y lo esperamos en su siguiente escala.
No ser digno de confianza hasta demostrar lo contrario.
He ahí toda la diferencia.
Bienvenido sea usted, pasajero, al Distrito Federal.
Gracias por volar con nosotros y lo esperamos en su siguiente escala.
Increíble
24 años de vida. Licenciatura y especialidad en una de las mejores universidades del país y aceptado recientemente para hacer su maestría en una de las mejores del mundo. Habla español, inglés, alemán, polaco, ruso y francés. Ha vivido en 7 países y visitado más de 20. Laboró durante 7 meses en el área financiera de Coca-Cola y ahora trabaja en un corporativo multinacional con más de 11,000 empleados alrededor del mundo y desempeña una importante labor operativa en el área de telecomunicaciones internacionales.
Y nunca, ¡jamás!, ha visto un hormiguero.
Es una lástima.
Un instinto incontrolable
Un capricho fisiológico que encarna monstruos amorfos de varias cabezas y hermosas mariposas que flotan en el aire sin tocarlo. Las compuertas de una presa llena que tiene que ser desbordada o reventará en un estallido desastroso. Las preguntas sin respuestas sembradas en una maceta entre tierra fértil y húmeda para que resucite la curiosidad. Lágrimas que contienen la concentrada pócima mágica que nos vuelve humanos a todos. Las infinitas bifurcaciones de una historia que ha esperado por toda la eternidad para ser contada. Las pieles de innumerables seres míticos que atraviesan paredes y existen sólo porque tienen voz. Una carcajada imprudente, la fuerza de atracción que genera una turbina bajo el agua, un parto, el negro vacío de mis pupilas, un grillo cantando, un mareo, un silencio y un par de manos temblando. Un instinto incontrolable que simplemente me rebasa. Eso es escribir, eso me significa.
Mejor dormir
La ociosidad huele a muerte, tiene cara de añoranza y pesa como toda la arena del mar cayendo en el reloj gigante del tiempo perdido. Horas pantanosas e inútiles flotando en el lodo viscoso de la duda y la anticipación. Soledades compartidas de miradas vacías y distantes. Pieles que no se tocan, sonrisas añejas y resecas que fotografían un pasado lejanamente pasado. Palabras que no saben salir de las gargantas para volverse aire o vibración. Cuerpos aletargados y entumidos que van doliéndose en los hombros, los pies y el aliento. Un vistazo al oscuro abismo y darse cuenta que está tan vivo como se pueda estar.
A quien...
Agradezco profundamente a quien haya, alguna vez, sido honesto conmigo. A quien no le haya costado trabajo compartir sus alegrías cuando yo no era tan feliz, sin culpa o sin miedo de hacerme sentir de ninguna manera. A quién a un "¿cómo estás?" me respondió "de la chingada" cuando era un real y genuino de-la-chingada. A quien me abrazó queriendo abrazarme. A quien confió en mí, alguna vez, para lo que fuera. A quien lloró, hizo berrinche, se carcajeó, se enfureció, se emborrachó, se desnudó frente a mí. A quien no necesitó más explicación que una mirada. A quien no me pidió ninguna. A quien supo ver en mí lo que soy antes de que yo misma me diera cuenta. A quien me dijo cosas que jamás había dicho. A quien me recibió en su casa, a quien me invitó una cena, un trago, una sonrisa. A quien me regaló 5 minutos cuando no podía más, a quien fue por mí a algún aeropuerto, a quien escuchó, a quien esperó que terminara de llorar, a quien aguantó mis necedades racionalistas y miedos infundados. A cualquiera de quien haya aprendido algo. Gracias. Desde aquí, de verdad, gracias totales.
Ojos llorosos
De andar en bicicleta rompiendo charcos enormes a mi paso. De cuando me corté la pierna con un pedal. De jugar basket hasta que llegaran por mí. De bailar ballet. De beber ron contigo hasta las 8 de la mañana. De pensar en ti sin saber quién eras. De estar al aire. De los pisos blancos de aquél departamento. De carcajearme sin pudor. Del invierno en Boston y la nieve hasta las rodillas. Del verano en Milán y el sin-tiempo hasta la garganta. Del otoño en la base de tu espalda. De no tener prisa ni miedo al caminar por la calle. De cruzar la ciudad todos los días sólo para darte un beso. De meditar la tierra mojada. De los buenos días de mi mamá y la fruta en el refrigerador. De escribir a mano y esconder los cuadernos bajo el colchón. De estar rodeada de amigos, compañeros de vida. De fingir una migraña y no ir a trabajar. De circular la ciudad cantando. De andar por el mundo con una mochila a cuestas. De no dejar de estudiar. De saludar al sol bajo la luna. De dejarme conocer. De amanecer en la universidad. De hacer lo que me daba mi chingada gana todo el chingado tiempo. De estar con mis hermanas. De que 2000 pesos bastara y sobrara para todo el mes. De fumar toda la tarde hablando de los "problemas". De no tener nada que demostrar. De llorar sin esconderme. De sentirme en casa.
La nostalgia se refugia en los rincones más insospechados para hacer a los ojos llorar.
No se puede ser sin ser lo que se fue. Se sigue siendo. También lo que aún no se es. Y así es.
La nostalgia se refugia en los rincones más insospechados para hacer a los ojos llorar.
No se puede ser sin ser lo que se fue. Se sigue siendo. También lo que aún no se es. Y así es.
Esta semana aprendí...
Que una historia no se escribe de manera lineal y que se va enriqueciendo a medida que se desdoblan las letras. Que es imposible escribir sin vaciarse. Que los detalles autobiográficos son difíciles de evitar y que vuelven a la historia mi cómplice más cercana. Que se necesita muy poca imaginación para darle a vida a los personajes; basta, muchas veces, con recordar y observar a los reales. Y que las mejores partes de mis días son cuando estoy tecleando.
En el parabrisas
El lunes por la mañana, después de haber pasado 45 minutos rondando la zona en busca de un lugar para estacionarme, por fin encontré un pequeño -y bendito- espacio debajo de una jacaranda. Me bajé, caminé 20 minutos hacia mi lugar de trabajo y salí después de 10 horas a caminar los 20 minutos correspondientes de regreso y reecontrarme con mi camioneta. Estaba completamente bañada de flores moradas desde la llanta de refacción en la parte de atrás, hasta el techo, los estribos y principalmente, en el parabrisas. Todas estaban ahí acumuladas como testigos de que, efectivamente, todo el tiempo que les tomó caer, yo estuve encerrada en un edificio "inteligente" a 19 pisos de altura y respirando aire acondicionado. En fin.
Regresé a casa esa noche. El martes por la mañana tuve una reunión en un hotel, después fui a la oficina, luego a casa de Miguel y finalmente de vuelta a mi departamento a refugiarme en el sofá. Ayer miércoles estuve una 1 hora con 20 minutos en el catastrófico periférico de las mañanas capitalinas, recorriéndolo de sur a norte para llegar al edificio donde trabajo, después fui un ratito en la noche -otra vez y de pasada- a ver a Miguel y luego regresé a mi casa a dormir. Hoy fue un día excepcional: encontré estacionamiento al primer intento, fui a trabajar, luego crucé todo Polanco y luego me pasé no menos de 1 hora tratando de llegar a casa.
He recorrido no menos de 100 kilómetros de esta ciudad en lo que va de la semana y las jacarandas siguen en el parabrisas. He estado no menos de 12 horas arriba del carro y no se han podido volar. No han alcanzado la velocidad suficiente como para despedirse del cristal y acabar tiradas y aplastadas en el asfalto. No he pasado de 40 kms/hr. Meter tercera velocidad es un logro, extraño la cuarta y ya no recuerdo qué se siente meter quinta. Llego a donde voy entre primera y segunda, la mayor parte del frenada en neutral. Temo por el clutch, no tarda en ceder. Y el plástico protector del tapete del conductor, ya se rompió de tanto rozar mi pie que pisa y pisa el freno. Y las jacarandas ahí, intactas. Si no las quito, estoy segura que un día sale un árbol del cofre. Sin duda.
El tráfico en esta ciudad es verdaderamente una pesadilla -con la que no vale la pena pelear-... y las jacarandas aquí no pueden volar.
Regresé a casa esa noche. El martes por la mañana tuve una reunión en un hotel, después fui a la oficina, luego a casa de Miguel y finalmente de vuelta a mi departamento a refugiarme en el sofá. Ayer miércoles estuve una 1 hora con 20 minutos en el catastrófico periférico de las mañanas capitalinas, recorriéndolo de sur a norte para llegar al edificio donde trabajo, después fui un ratito en la noche -otra vez y de pasada- a ver a Miguel y luego regresé a mi casa a dormir. Hoy fue un día excepcional: encontré estacionamiento al primer intento, fui a trabajar, luego crucé todo Polanco y luego me pasé no menos de 1 hora tratando de llegar a casa.
He recorrido no menos de 100 kilómetros de esta ciudad en lo que va de la semana y las jacarandas siguen en el parabrisas. He estado no menos de 12 horas arriba del carro y no se han podido volar. No han alcanzado la velocidad suficiente como para despedirse del cristal y acabar tiradas y aplastadas en el asfalto. No he pasado de 40 kms/hr. Meter tercera velocidad es un logro, extraño la cuarta y ya no recuerdo qué se siente meter quinta. Llego a donde voy entre primera y segunda, la mayor parte del frenada en neutral. Temo por el clutch, no tarda en ceder. Y el plástico protector del tapete del conductor, ya se rompió de tanto rozar mi pie que pisa y pisa el freno. Y las jacarandas ahí, intactas. Si no las quito, estoy segura que un día sale un árbol del cofre. Sin duda.
El tráfico en esta ciudad es verdaderamente una pesadilla -con la que no vale la pena pelear-... y las jacarandas aquí no pueden volar.
Al espejo
Volver aquí es mirar al espejo. No al salón de los espejos donde el foco se pierde y lo único que se pueden ver son muchas yos mirándose de espaldas y buscando a la única verdadera multiplicadas todas en la eternidad. De tanto mirarlos, uno se marea. Pero no, a ése no. Sólo a un espejo. De frente. Limpio y honesto. Al espejo de dónde estuve, dónde estoy y el espacio que quedó en el medio. Llenado de café, humo, música y tiempo. Llenado de besos, maletas, libros y ventanas. Escenarios distintos y nostalgias viejas. Otra persona pero siempre la misma. Una yo multiplicándose en la eternidad de las letras... en la eternidad de lo dicho en un tiempo y en un espacio. ¿Cuáles son los reflejos tramposos y cuál soy yo buscándose la espalda? ¿Cuál de todas?
Preguntas sencillas
Últimamente, me cuesta un trabajo monumental responder a las preguntas más sencillas que la gente me hace. Preguntas tan simples, de tres o cuatro palabras que, francamente, me dejan con la misma cara de imbécil cada vez que me toman por sorpresa. Especialmente ahora, que no sé un carajo de nada. Falta que me pregunten mi nombre y me quede trabada también. Que, al paso que van las cosas, no lo dudo ni tantito.
Ayer me preguntaron: "¿de dónde vienes?" Es verdad: me quedé en silencio y lo único que acerté a hacer fue rascarme la cabeza y sonreír. Para interrumpir la incomodidad y mi propia confusión, dije: "soy de Hermosillo pero viví en Guadalajara 7 años y acabo de llegar acá hace un par de meses".
Siguiente pregunta, no menos fácil: "¿y cómo llegaste a México?" Abro mis carcajadas, lanzo al aire un par y digo: "Uf, varias cosas. Profesionalmente yo ya no podía crecer en Guadalajara y al mismo tiempo pasó que conocí al que hoy es mi novio y... bueno, siempre me ha gustado moverme y no quería dejar pasar la experiencia de vivir en el DF unos años, tomé la decisión de mudarme y me mudé".
"Tú allá y el acá, ¿cómo se conocieron?" Vuelvo a rascarme la cabeza. Un poco como síntoma inequívoco de frustración y comedia evidente; y otro poco para ganarme unos segundos y estructurar la respuesta siguiente. "Es que ya nos conocíamos. Su hermana es una de mis mejores amigas de toda la vida y él y yo nos conocimos en realidad hace más de 13 años. De hecho, él no estaba aquí, estaba en Londres y yo en Guadalajara, nos pusimos en contacto por internet hace unos meses y aquí estamos..."
"¿Y ahora qué haces?" Yo estuve en ese momento a punto de levantarme y salir corriendo por la puerta con cuidado de no abrirla, para dejar una silueta de mi imagen al atravesarla, como en las caricaturas. "Ahorita no estoy trabajando. Renuncié a la agencia de publicidad en la que trabajé 5 años allá y ahora estoy buscando chamba y esperando a ver qué llega..."
"¿Y qué estás buscando?"
Para este punto, yo ya estaba resignada: había preguntas simples pero ninguna respuesta fácil. La época del estudias o trabajas se terminó hace mucho tiempo. Era más fácil entonces pero incluso hace unos años, tenía que contestar que hacía las dos cosas. Mi camino está lleno de vericuetos, de sís pero nos, de largas historias y giros inesperados. De respuestas enredadas y puntos de inflexión.
Vengo de otras vidas, de otros tiempos. De Hermosillo, Guadalajara, Estados Unidos y Europa. Vengo de mi departamento en el poniente de la ciudad. De San Pedro de los Pinos, para ser exactos. Vengo de un cuarto piso con balcón. Vengo de estar en el jardín hace 2 minutos y vengo del lugar de tus sueños. De donde prefieras vengo. Llegué a México un millón de veces. Las últimas dos fueron por aire y por tierra. Llegué a México porque me convencí, porque Guadalajara se terminó, porque me trajo el corazón y no sé cómo explicar la certeza que tengo de estar aquí ahora. Llegué a México porque se me terminaron las excusas, llegué porque sí. Y no sé cómo nos conocimos. No recuerdo la primera vez que nos vimos, recuerdo la última. Pudo ser en la escuela, la calle o en su casa. No sé porqué le escribí ese día justo a él y no sé porque me contestó del otro lado del mundo, donde estaba. Es más, ni siquiera sé si nos conocemos realmente todavía y si sí, no sé si fue en esta existencia. Ahora me despierto tarde y sin prisa, eso hago. Y disfruto el placer que hace años no vivía, de no hacer nada que no quiera hacer, de no ver gente que no quiero ver. Tomo café, fumo, leo, escribo, cocino, pienso muchísimo, ando en piyama, hablo sola y duermo acompañada. Desayuno a medio día y como a la hora de cenar. Veo películas y tomo vino. Estoy revalorándolo todo, bajando la velocidad para ver con claridad. Descansando, disfrutándome y aprendiendo a esperar y a confiar. Estoy deteniéndome y reencontrándome. Juntando las piezas. Estoy buscando el trabajo que me esté buscando a mí. No sé si será escribiendo, detrás de un micrófono, en un festival de cine o en un escritorio en un corporativo. Estoy buscando un trabajo para hacernos felices: él a mí y yo a él. El último lugar que quiero pisar en esta tierra es una agencia de publicidad y eso lo descubrí hace unos días, en el silencio de mi departamento en soledad. ¿Qué estoy buscando? Estoy buscándome a mí misma en la ciudad más grande del mundo.
Hay preguntas sencillas pero no hay respuestas fáciles. Y todo depende de dónde empiece a contar la historia, que tan acá o qué tan allá nos vayamos. Eso aprendí.
Ayer me preguntaron: "¿de dónde vienes?" Es verdad: me quedé en silencio y lo único que acerté a hacer fue rascarme la cabeza y sonreír. Para interrumpir la incomodidad y mi propia confusión, dije: "soy de Hermosillo pero viví en Guadalajara 7 años y acabo de llegar acá hace un par de meses".
Siguiente pregunta, no menos fácil: "¿y cómo llegaste a México?" Abro mis carcajadas, lanzo al aire un par y digo: "Uf, varias cosas. Profesionalmente yo ya no podía crecer en Guadalajara y al mismo tiempo pasó que conocí al que hoy es mi novio y... bueno, siempre me ha gustado moverme y no quería dejar pasar la experiencia de vivir en el DF unos años, tomé la decisión de mudarme y me mudé".
"Tú allá y el acá, ¿cómo se conocieron?" Vuelvo a rascarme la cabeza. Un poco como síntoma inequívoco de frustración y comedia evidente; y otro poco para ganarme unos segundos y estructurar la respuesta siguiente. "Es que ya nos conocíamos. Su hermana es una de mis mejores amigas de toda la vida y él y yo nos conocimos en realidad hace más de 13 años. De hecho, él no estaba aquí, estaba en Londres y yo en Guadalajara, nos pusimos en contacto por internet hace unos meses y aquí estamos..."
"¿Y ahora qué haces?" Yo estuve en ese momento a punto de levantarme y salir corriendo por la puerta con cuidado de no abrirla, para dejar una silueta de mi imagen al atravesarla, como en las caricaturas. "Ahorita no estoy trabajando. Renuncié a la agencia de publicidad en la que trabajé 5 años allá y ahora estoy buscando chamba y esperando a ver qué llega..."
"¿Y qué estás buscando?"
Para este punto, yo ya estaba resignada: había preguntas simples pero ninguna respuesta fácil. La época del estudias o trabajas se terminó hace mucho tiempo. Era más fácil entonces pero incluso hace unos años, tenía que contestar que hacía las dos cosas. Mi camino está lleno de vericuetos, de sís pero nos, de largas historias y giros inesperados. De respuestas enredadas y puntos de inflexión.
Vengo de otras vidas, de otros tiempos. De Hermosillo, Guadalajara, Estados Unidos y Europa. Vengo de mi departamento en el poniente de la ciudad. De San Pedro de los Pinos, para ser exactos. Vengo de un cuarto piso con balcón. Vengo de estar en el jardín hace 2 minutos y vengo del lugar de tus sueños. De donde prefieras vengo. Llegué a México un millón de veces. Las últimas dos fueron por aire y por tierra. Llegué a México porque me convencí, porque Guadalajara se terminó, porque me trajo el corazón y no sé cómo explicar la certeza que tengo de estar aquí ahora. Llegué a México porque se me terminaron las excusas, llegué porque sí. Y no sé cómo nos conocimos. No recuerdo la primera vez que nos vimos, recuerdo la última. Pudo ser en la escuela, la calle o en su casa. No sé porqué le escribí ese día justo a él y no sé porque me contestó del otro lado del mundo, donde estaba. Es más, ni siquiera sé si nos conocemos realmente todavía y si sí, no sé si fue en esta existencia. Ahora me despierto tarde y sin prisa, eso hago. Y disfruto el placer que hace años no vivía, de no hacer nada que no quiera hacer, de no ver gente que no quiero ver. Tomo café, fumo, leo, escribo, cocino, pienso muchísimo, ando en piyama, hablo sola y duermo acompañada. Desayuno a medio día y como a la hora de cenar. Veo películas y tomo vino. Estoy revalorándolo todo, bajando la velocidad para ver con claridad. Descansando, disfrutándome y aprendiendo a esperar y a confiar. Estoy deteniéndome y reencontrándome. Juntando las piezas. Estoy buscando el trabajo que me esté buscando a mí. No sé si será escribiendo, detrás de un micrófono, en un festival de cine o en un escritorio en un corporativo. Estoy buscando un trabajo para hacernos felices: él a mí y yo a él. El último lugar que quiero pisar en esta tierra es una agencia de publicidad y eso lo descubrí hace unos días, en el silencio de mi departamento en soledad. ¿Qué estoy buscando? Estoy buscándome a mí misma en la ciudad más grande del mundo.
Hay preguntas sencillas pero no hay respuestas fáciles. Y todo depende de dónde empiece a contar la historia, que tan acá o qué tan allá nos vayamos. Eso aprendí.
La casa del árbol
Llegué en taxi a las 9 de la mañana en punto y al primer intento; como si quien me llevaba supiera perfectamente a dónde iba, como si yo misma supiera dónde estaba. Me recibió una puerta de madera de una tonelada y un fuerte abrazo de mirada en paz. Fui la tercera en llegar y supe enseguida que estaba en un lugar más allá de lo especial, mucho más allá de lo real. Entré. Y desde el primer momento me sentí en casa.
Una taza de café y sonrisas sentadas alrededor de una mesa africana. Preguntas cortas de quienes no se conocen pero se reencuentran. Hacia donde volteara había objetos y formas que llamaban mi completa atención. Una vieja máquina de coser, una silla, una escultura, las formas de las ventanas, los pisos de madera, los techos bajos, los libros y demás cosas que ni siquiera tienen nombre y si lo tienen, no lo sé. Jamás había estado en un lugar ni remotamente parecido a ése. Parecía un sueño, la imagen salida de una película alucinógena, orgánica, caricaturesca, multidimensional, pacheca... y hermosa y mágica. Tan compleja y tan simple a la vez, tan llena de significados, de rincones, de secretos para ser contados. Y con una energía tan viva que me tenía las manos hechas cosquilla desde que llegué.
Alguien dijo que íbamos a esperar un rato a ver quién más llegaba que porque la casa escoge quién entra en ella. Sonreí, por dentro y por fuera. Escuchaba las voces de quienes me rodeaban mientras Boo -la divertidísima perrita enana- llegaba a saludarme y la gorda -la gata negra de ojos azules- venía a instalarse en mi regazo para hacerme compañía. Se me enfriaban los pies y se me aceleraba el corazón.
No recuerdo cómo ni cuándo llegaron los demás y pasamos al nivel de abajo, al salón de música. Ese lugar que no necesita ventanas porque está dentro de la tierra. Dejé mis cosas en el piso, escogí una silla y me senté frente a la chimenea pero lejos de ella.
Lo que pasó en las siguientes 12 horas no lo puedo explicar. Ni siquiera lo recuerdo todo y apenas fue ayer. Lo que sigue pasando aún hoy tampoco lo puedo explicar.
Todos reunidos en círculo, como 15 personas y Santiago comenzó a hablar. Hablaba de sistemas creencias, del viejo y del nuevo, de la transición, los mayas, México, Don Lauro, Merlín, Dani y Tisa. De su historia, de los niños, los políticos, la luz; de una chispa, de un despertar, del dosmildoce, la publicidad, la película, la montaña y el mundo imaginario. Del amor, del miedo y los actos de creación. De sincronías y para qués. Hablaba de todos y de nadie en particular, hablaba de él y hablaba del planeta entero. Compartía el corazón y acabamos por compartirlo todos. Movía sus manos con una cadencia que trazaba formas en el vacío y las palabras le salían inconexamente conectadas. Como si supiera de memoria lo que decía y con la certeza absoluta de estar fluyendo sin esquemas. Una energía indescriptible abrazaba el aire lleno de copal.
De pronto, se fue la luz pero llegó la vela con su flama alta y bailarina y la atmósfera se volvió todavía más íntima y acogedora. Debió ser medio día y estábamos a la luz del fuego. El único reloj eran los leños enormes que se quemaban en la chimenea y se convertían en cenizas uno tras otro, hora tras hora. La casa comenzó a cambiar con el pasar del día. La luz que entraba por las ventanas era distinta, el frío de la mañana se había suavizado y las hojas de los árboles afuera tenían otro verde.
Me dio hambre y alguien no tardó en decir que ya era hora de comer, que las quesadillas del bosque habían llegado. Nos pusimos de pie, estiré las piernas y los brazos. Busqué mi teléfono: no tenía señal ni batería. Extraño, lo había cargado por completo una noche antes. Extraño también que no busqué la hora.
Salimos todos al jardín a comer maíz azul hecho tortilla y a respirar una tarde limpia y nueva. La montaña invita al silencio. Nudos en la garganta. De emoción, privilegio y alegría. De bendición. De la paz que da no tener que hacer nada más que estar ahí, existiendo. Los perros, el pasto, el agua, el postre. Intercambié unas palabras con Santiago que siguen dando vueltas por aquí. Un para qué esclarecido. Ni más ni menos.
Entramos de vuelta a la casa y seguimos haciendo nada. Un par de canciones, una flor de loto, un mago y un hasta luego. Un recorrido por la casa, por las dos torres y no sé cuántos niveles. La cocina, el baño, el estudio, la recámara, la otra recámara, arriba, más arriba, de vuelta para abajo, el pasillo y aquél pequeño espacio de meditación que me regaló un mareo. Escaleras, puertitas, espejos, recovecos, fotos, adornos. Una vida entera ahí.
Por si todo lo anterior fuera poco, casi al irnos, me regalaron un libro. Me lo dio Tisa y me lo firmó Santiago. Escribió en la primera hoja en blanco: "Gaby, cuando cambias la forma de hacer las cosas, las cosas cambian de forma. Pando. Casa del árbol, 2011." El libro se llama Llamar Hadas. Me despedí, con lágrimas en los ojos, de Tisa adentro de la casa y de Santiago afuera. Fuertes abrazos que no serán los últimos.
Al salir, nos estaban esperando una espectacular luna llena y unas estrellas que podían tocarse con la punta de los dedos. La luz que emitían nos sirvió a todos para meter en nuestras bolsas toda la emoción, gratitud y honor de haber estado en un lugar así, con seres humanos así, viviendo una experiencia así. Ah, y claro: para alumbrarnos el camino de regreso de la casa del árbol.
Una taza de café y sonrisas sentadas alrededor de una mesa africana. Preguntas cortas de quienes no se conocen pero se reencuentran. Hacia donde volteara había objetos y formas que llamaban mi completa atención. Una vieja máquina de coser, una silla, una escultura, las formas de las ventanas, los pisos de madera, los techos bajos, los libros y demás cosas que ni siquiera tienen nombre y si lo tienen, no lo sé. Jamás había estado en un lugar ni remotamente parecido a ése. Parecía un sueño, la imagen salida de una película alucinógena, orgánica, caricaturesca, multidimensional, pacheca... y hermosa y mágica. Tan compleja y tan simple a la vez, tan llena de significados, de rincones, de secretos para ser contados. Y con una energía tan viva que me tenía las manos hechas cosquilla desde que llegué.
Alguien dijo que íbamos a esperar un rato a ver quién más llegaba que porque la casa escoge quién entra en ella. Sonreí, por dentro y por fuera. Escuchaba las voces de quienes me rodeaban mientras Boo -la divertidísima perrita enana- llegaba a saludarme y la gorda -la gata negra de ojos azules- venía a instalarse en mi regazo para hacerme compañía. Se me enfriaban los pies y se me aceleraba el corazón.
No recuerdo cómo ni cuándo llegaron los demás y pasamos al nivel de abajo, al salón de música. Ese lugar que no necesita ventanas porque está dentro de la tierra. Dejé mis cosas en el piso, escogí una silla y me senté frente a la chimenea pero lejos de ella.
Lo que pasó en las siguientes 12 horas no lo puedo explicar. Ni siquiera lo recuerdo todo y apenas fue ayer. Lo que sigue pasando aún hoy tampoco lo puedo explicar.
Todos reunidos en círculo, como 15 personas y Santiago comenzó a hablar. Hablaba de sistemas creencias, del viejo y del nuevo, de la transición, los mayas, México, Don Lauro, Merlín, Dani y Tisa. De su historia, de los niños, los políticos, la luz; de una chispa, de un despertar, del dosmildoce, la publicidad, la película, la montaña y el mundo imaginario. Del amor, del miedo y los actos de creación. De sincronías y para qués. Hablaba de todos y de nadie en particular, hablaba de él y hablaba del planeta entero. Compartía el corazón y acabamos por compartirlo todos. Movía sus manos con una cadencia que trazaba formas en el vacío y las palabras le salían inconexamente conectadas. Como si supiera de memoria lo que decía y con la certeza absoluta de estar fluyendo sin esquemas. Una energía indescriptible abrazaba el aire lleno de copal.
De pronto, se fue la luz pero llegó la vela con su flama alta y bailarina y la atmósfera se volvió todavía más íntima y acogedora. Debió ser medio día y estábamos a la luz del fuego. El único reloj eran los leños enormes que se quemaban en la chimenea y se convertían en cenizas uno tras otro, hora tras hora. La casa comenzó a cambiar con el pasar del día. La luz que entraba por las ventanas era distinta, el frío de la mañana se había suavizado y las hojas de los árboles afuera tenían otro verde.
Me dio hambre y alguien no tardó en decir que ya era hora de comer, que las quesadillas del bosque habían llegado. Nos pusimos de pie, estiré las piernas y los brazos. Busqué mi teléfono: no tenía señal ni batería. Extraño, lo había cargado por completo una noche antes. Extraño también que no busqué la hora.
Salimos todos al jardín a comer maíz azul hecho tortilla y a respirar una tarde limpia y nueva. La montaña invita al silencio. Nudos en la garganta. De emoción, privilegio y alegría. De bendición. De la paz que da no tener que hacer nada más que estar ahí, existiendo. Los perros, el pasto, el agua, el postre. Intercambié unas palabras con Santiago que siguen dando vueltas por aquí. Un para qué esclarecido. Ni más ni menos.
Entramos de vuelta a la casa y seguimos haciendo nada. Un par de canciones, una flor de loto, un mago y un hasta luego. Un recorrido por la casa, por las dos torres y no sé cuántos niveles. La cocina, el baño, el estudio, la recámara, la otra recámara, arriba, más arriba, de vuelta para abajo, el pasillo y aquél pequeño espacio de meditación que me regaló un mareo. Escaleras, puertitas, espejos, recovecos, fotos, adornos. Una vida entera ahí.
Por si todo lo anterior fuera poco, casi al irnos, me regalaron un libro. Me lo dio Tisa y me lo firmó Santiago. Escribió en la primera hoja en blanco: "Gaby, cuando cambias la forma de hacer las cosas, las cosas cambian de forma. Pando. Casa del árbol, 2011." El libro se llama Llamar Hadas. Me despedí, con lágrimas en los ojos, de Tisa adentro de la casa y de Santiago afuera. Fuertes abrazos que no serán los últimos.
Al salir, nos estaban esperando una espectacular luna llena y unas estrellas que podían tocarse con la punta de los dedos. La luz que emitían nos sirvió a todos para meter en nuestras bolsas toda la emoción, gratitud y honor de haber estado en un lugar así, con seres humanos así, viviendo una experiencia así. Ah, y claro: para alumbrarnos el camino de regreso de la casa del árbol.
La certeza
Justo donde estoy sentada ahora, basta voltear a la izquierda para ver, a través de la ventana, el anillo periférico de la Ciudad de México. Luces van y luces vienen todo el tiempo hacia ambos sentidos y por más que pasan y pasan los autos, las filas de almas en tránsito parecieran no terminarse jamás.
Por encima de las luces, se ven seis o siete espectaculares, letreros viales (incluído uno que dice "Av. Jalisco", como queriendo recordarme algo), focos rojiazules de algún carro policía, cables, árboles, antenas y un puente peatonal por el que no cruza nadie, al menos nadie que se alcance a ver desde acá.
Después de un ratito como testigos silenciosos en la ciudad del ruido, mi copa de vino tinto y yo salimos a fumarnos un cigarro en pantuflas al balcón, antes de tener que cerrar la ventana porque el aire que estamos dejando entrar ya está bastante frío.
Y es que desde el balcón no sólo se ve el periférico. Se ve el edificio de enfrente y la pareja que vive en la primera ventana a la derecha del tercer piso. Se ven las cortinas del cuarto de un niño, se ve un tinaco y ropa tendida en otro edificio más allá. Se ve un sillón verde, macetas, gente caminando y el abarrotes de la esquina que, por cierto, jamás está abierto. Se ve una moto estacionada en la calle, una alcantarilla, un árbol gigantesco y un par de aviones cruzando el cielo. Se ven ventanas encendidas y apagadas, chicas y grandes, cerca y lejos. Un hotel. Se ve un hombre a una cuadra hablando por teléfono y una mujer sin saco que camina de prisa. El World Trade Center, la Torre Mayor, un teléfono público. Más antenas, más arboles, más luces a la izquierda... más antenas, más arboles, más luces a la derecha...
La vista no tiene fin. Lo que se termina es la mirada. Y lo que queda, es la certeza de que más alla hay todavía más, mucho más. La sensación de estar en casa, no la he recuperado. Pero la sensación de vivir en una ciudad infinita, jamás la había tenido. Bienvenida sea yo... (supongo).
Por encima de las luces, se ven seis o siete espectaculares, letreros viales (incluído uno que dice "Av. Jalisco", como queriendo recordarme algo), focos rojiazules de algún carro policía, cables, árboles, antenas y un puente peatonal por el que no cruza nadie, al menos nadie que se alcance a ver desde acá.
Después de un ratito como testigos silenciosos en la ciudad del ruido, mi copa de vino tinto y yo salimos a fumarnos un cigarro en pantuflas al balcón, antes de tener que cerrar la ventana porque el aire que estamos dejando entrar ya está bastante frío.
Y es que desde el balcón no sólo se ve el periférico. Se ve el edificio de enfrente y la pareja que vive en la primera ventana a la derecha del tercer piso. Se ven las cortinas del cuarto de un niño, se ve un tinaco y ropa tendida en otro edificio más allá. Se ve un sillón verde, macetas, gente caminando y el abarrotes de la esquina que, por cierto, jamás está abierto. Se ve una moto estacionada en la calle, una alcantarilla, un árbol gigantesco y un par de aviones cruzando el cielo. Se ven ventanas encendidas y apagadas, chicas y grandes, cerca y lejos. Un hotel. Se ve un hombre a una cuadra hablando por teléfono y una mujer sin saco que camina de prisa. El World Trade Center, la Torre Mayor, un teléfono público. Más antenas, más arboles, más luces a la izquierda... más antenas, más arboles, más luces a la derecha...
La vista no tiene fin. Lo que se termina es la mirada. Y lo que queda, es la certeza de que más alla hay todavía más, mucho más. La sensación de estar en casa, no la he recuperado. Pero la sensación de vivir en una ciudad infinita, jamás la había tenido. Bienvenida sea yo... (supongo).
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